VIAJE A LAS CAPITALES DEL BALTICO. AGOSTO 2005

 ITINERARIO
DIA 1  MADRID - COPENHAGUE
DIA 2  COPENHAGUE
DIA 3  COPENHAGUE - RIGA
DIA 4  RIGA - SIGULDA - RIGA
DIA 5  RIGA - TALLINN
DIA 6  TALLINN 
DIA 7  TALLINN - HELSINKI - SAN PETERSBURGO
DIA 8  SAN PETERSBURGO
DIA 9  SAN PETERSBURGO - PETERGOF - SAN PETERSBURGO 
DIA 10  SAN PETERSBURGO
DIA 11  SAN PETERSBURGO - TSARKOE SELO - SAN PETERSBURGO - MOSCU
DIA 12  MOSCU 
DIA 13  MOSCU
DIA 14  MOSCU
DIA 15  MOSCU - SUZDAL - MOSCU
DIA 16  MOSCU - BERLIN
DIA 17  BERLIN
DIA 18  BERLIN
 DIA 1.- MADRID - COPENHAGUE.

    Curiosamente, mi horóscopo decía que si en verano viajaba con otra gente, me debía armar de paciencia. Toda una premonición. 

    Al final me resultó más difícil de lo que esperaba preparar este viaje. Al principio me iba yo solo, menos días y menos ciudades: Berlín, que era impepinable; Vilnius, Riga, San Petersburgo y Moscú, para terminar de nuevo en Berlín ya que los billetes baratos desde Madrid pasaban obligatoriamente por esta ciudad. Después, Ana, me dijo que se apuntaba, pero a ella le apetecía más ir a Canadá. Bueno, ¿por qué no?, llevo años queriendo hacer también ese viaje, pero no lo tengo muy preparado, así que tardaré algo más. Lo malo es que los precios de los billetes de avión suben según se acerca el verano, y ya estábamos en a finales de mayo. La idea de ir al otro lado del charco me recordó las ganas que tengo de visitar los parques nacionales del suroeste americano y los de la Sierra Nevada de California, y ese viaje lo tengo muchísimo más preparado que el del Quebec canadiense y me hace casi más ilusión, pero bueno, ya somos dos en este viaje y hay que decidir en pareja. Finalmente, no se muy bien por qué, aunque supongo que fue porque su prima Isabel estuvo en San Petersburgo poco antes, Ana decidió que mejor íbamos a Rusia. Ninguna objeción por mi parte dado que es el viaje que yo quería hacer. Después se apuntó Chave, a la que le daba un poco lo mismo dónde ir; luego Gustavo, lo que me sorprendió, pues en una ocasión me dijo que no tenía mucho interés en ir a Rusia. El grupo se cerró con Mónica, aunque creo que no reflexionó muy bien sobre dónde se metía. 

    Bueno, pues manos a la obra. Lo primero organizar el recorrido. Ana, sorprendentemente (nunca nadie lo había hecho antes, pese a mis peticiones), propuso, si era posible, visitar Copenhague. Miré a cuanto estaban los billetes a Copenhague: 84 euros. No hay problema. ¿Y cómo salimos de Dinamarca?. Pues el avión de Copenhague a Riga o Vilnius costaba unos 75 euros, así que tampoco había problema. Después, a dónde vamos. Riga o Vilnius. Yo tenía interés en ver las dos ciudades y hubiese ido a las dos, pero la frase que tanto odio se volvió a repetir (prefiero ver menos pero verlo bien), así que finalmente decidí prescindir de la capital Lituana e ir directamente a Riga. Desde Riga, por 60 euros se podía volar a San Petersburgo, pero ya que Tallinn está a 300 kms. de Riga ¿cómo no vamos a visitar tan fantástica ciudad?. Desde Tallinn había dos posibilidades, ir directamente a San Petersburgo o tomar el ferry y cruzar a Helsinki y desde aquí en tren a Rusia. La idea de pasar una noche en barco gustó a todos, así que decidido: iremos a Helsinki y Luego a San Petersburgo. De la capital rusa del norte a Moscú, sin duda en tren y de allí a Berlín en avión. Lamentablemente, se nos ha echado el tiempo encima, y el precio de los billetes, que cuando comencé a mirarlo era de 60 euros, ahora nos iba a salir por 110. En fin.

    Más complicado fue encontrar alojamiento. En Copenhague el albergue bueno estaba completo, aunque poco antes de comenzar el viaje volví a preguntar si tenían algo libre y me confirmaron que disponían de una habitación para nosotros, tuve tantísimos problemas para hacer el pago, que al final tuve que desistir. El resto de albergues estaban muy lejos del centro (mucho) o eran más bien malos (en alguno ya había estado en alguna ocasión), así que finalmente reservé en el City Hostel, que estaba céntrico. En Riga y Tallinn, albergues céntricos a precio aceptable. Rusia fue más complicado. Desde el mes de febrero, que comencé a preparar el viaje, después de hablar con todos los albergues de las dos ciudades rusas me decidí por los dos que me ponían menos pegas para los temas del visado, y sobre todo el tema del registro. Finalmente, en Berlín utilicé la cadena de hoteles económicos que ya he utilizado en otras ocasiones con muy buen resultado.

    Como la otra vez que estuve en Rusia, lo más difícil es realizar todo el papeleo del visado, aunque ya tengo algo de experiencia en ello. Primero hay que conseguir la invitación y el voucher que te tiene que enviar por fax el hotel o albergue donde vayas a estar. Según parece no es necesario que vayas a ese hotel, pero sí es obligatorio que una vez en Rusia el registro del pasaporte te lo haga quien te ha enviado la invitación y no otro. Esto me dio bastante dolor de cabeza, dado que visitando una sola ciudad, no hubiese tenido mayor problema, pero visitando dos, resultaba más complicado, sobre todo porque el albergue al que quería haber ido en San Petersburgo me ponía problemas para registrar un pasaporte cuya invitación no habían emitido ellos. Entre los problemas de idioma y el tiempo, decidí que la invitación me la enviase el albergue de Moscú, que además estaba asociado al albergue de Peter. Así me evitaba problemas. La invitación no es gratis, cuesta unos 30 euros por persona. El siguiente paso es conseguir un seguro que cubra los días que vamos a pasar en Rusia, aunque no vale cualquier seguro, sólo el de unas pocas compañías es aceptado. No es un problema, ya que como hasta este año hacía bastante montaña, siempre tenía un seguro de Intermundial por un año (52 euros) que me cubre actividades deportivas (mejor que el de la Federación de Montaña) y viajes y es aceptado por la embajada rusa en Madrid. Finalmente, hay que rellenar un cuestionario y presentar toda la documentación en el Consulado de Rusia, pagar 58 euros y esperar 10 días a que tengan el visado listo, que consiste en una pegatina que adhieren a una hoja de tu pasaporte en la que están tus datos en ruso y castellano, además de una hoja de inmigración que te grapan al pasaporte y que has de entregar al entrar y al salir del país. 

    Comienza el viaje. Paciencia..., dice mi horóscopo.

    Salimos el viernes a las 19:30. Los billetes de avión hay que recogerlos en la terminal 1 de Barajas dos horas antes de la salida del avión. Salgo del curro a las 15:00 y me voy directamente al aeropuerto. Espero pacientemente ante el mostrador donde hay que recoger los billetes, incluso me quedo dormido recostado sobre mi mochila. Una cabezadita. Cuando vuelvo en mí veo a Mónica y Ana. Esperamos que abran el mostrador mientras vienes nuestros dos compañeros. 

    Mensaje de Gustavo: Chave no aparece. Han quedado en la estación de Atocha, en el andén, después de mucho tiempo esperando nos pide que la intentemos localizar y le avisemos de que Gustavo se marcha para el aeropuerto. Conociendo a Chave, ya pensaba yo que finalmente íbamos a ser cuatro en el viaje. Finalmente aparecen los dos juntos. Ambos estaban en el mismo andén esperándose el uno al otro, pero a ninguno de los dos se les ocurrió mirar más allá de dos metros cuadrados alrededor suyo, así que ambos decidieron marcharse sin esperar al otro.  

    Después de estar esperando a que abra el mostrador, la chica nos dice que los billetes los tenemos que recoger junto al mostrador de facturación en la terminal 3. Pues para allá que vamos. Sin problema recogemos los billetes y facturamos. Pese a que insistí que el equipaje debía ser ligero, ya que esta compañía, en principio, no aceptaba más de 10 kgs, la maleta de Mónica pesa 20 kgs. Las pelas del exceso las iba a pagar ella, y ella iba a cargar con su maleta, así que ella sabrá. El resto tampoco lleva unos equipajes ligeros. El mío es el más ligero, aunque pasó de los 10 kgs. Respiramos todos. Aceptan 20 kgs sin cargo adicional. Menos mal, porque el extra coste hubiese sido casi tan caro como el billete de avión. Por supuesto, justo cinco minutos antes de entrar en el avión a alguno se le ocurre ir al servicio. Yo me voy para adentro. 

    El viaje se desarrolla sin incidencias. Durante el trayecto pido un té y descubro que hay barra libre de esta bebida (ya sabemos todos que aquello de dar un refresco y un piscolabis durante el vuelo casi ha desaparecido, y más en las compañías baratas, aunque en éstas es lógico. Si quieres solo viajar no tienes por que pagar una bolsa de cacahuetes que la mitad de las veces nadie se come. Tampoco es que me diese tiempo a pedir más de dos tés.

    Llegamos al aeropuerto Kastrup sobre las 10:30. Las maletas tardan un poco en salir. Tenemos que conseguir coronas, la moneda de este país que no quiere utilizar el Euro. Cambio 50 euros en una máquina que hay en la zona de recogida de maletas. El cambio ofrecido me parece correcto, sin embargo, una vez que sale el recibo compruebo que la comisión que cobran no es tan interesante. No merece la pena usar la maquinita, pero por lo menos ya tenemos algo de dinero, por si acaso. Una vez fuera, busco un cajero, donde saco suficiente dinero para el día que vamos a pasar en la capital danesa. A continuación hay que encontrar la forma de llegar al centro. No se si será tarde para ir en tren. Nos acercamos a la taquilla que hay en el vestíbulo. Espero la cola, que para variar, es la que menos avanza de todas. Explico al chico que hay en la taquilla que somos cinco personas que queremos ir al centro. Me da un billete de 10 viajes por 110 coronas y me indica que debo picar ocho veces. ¿Ocho veces?. Si somos cinco ¿cómo es que hay que picar ocho veces?. ¡¡Créeme, hay que picar ocho veces!!, insiste el taquillero. La estación está en justo debajo de donde nos encontramos. En tren llega puntual, y en 35 minutos nos deja en la estación central de Copenhague. Desde allí, andando nos dirigimos al albergue. Mis compañeros están un poco moscas. La calle por la que vamos da la impresión de ser una especie de barrio rojo, aunque no se nota mal ambiente. Todos se preguntan dónde les voy a hacer dormir esta noche. 

    El City Hostel abre únicamente en verano. No es barato (150 coronas con desayuno), pero es lo único céntrico que he encontrado. Había solicitado una habitación mixta, pero en recepción me dicen que no ha sido posible, así que chicos por un lado y chicas por otro. Nuestra habitación es para unas 16 personas, y ya deben estar durmiendo unas 10. Preparamos la cama y nos acostamos intentando hacer el menor ruido posible.

Itinerario

DIA 2.- COPENHAGUE.

    Hemos quedado a las nueve en el comedor para desayunar. Gustavo y yo estamos puntuales, pero las chicas tardan bastante más en bajar. Antes de salir del albergue pago la noche de hoy. Esta vez son sólo 130 coronas ya que como mañana salimos muy pronto, el comedor no estará abierto y no vamos a poder desayunar. Nuestra primera intención  hoy es conseguir una bicicleta de las que hay gratuitas para turistas y que funcionan como los carritos de la compra: hechas una moneda, te llevas la bici, y cuando la devuelves te devuelve la moneda. Encontrar estas bicis no es tarea fácil, de hecho, pese a que localizamos varios aparcamientos de bicis, las que vemos de este tipo están todas averiadas. Nos acercamos a la oficina de turismo a preguntar por algún lugar donde alquilar una bici. 

    Copenhague celebra los 200 años del nacimiento de Hans Christian Andersen, el autor de cuentos tan clásicos como inolvidables. A la entrada de la oficina de turismo, un señor vestido como Andersen informa sobre los circuitos guiados por los lugares donde vivió. También se puede hacer la ruta por tu cuenta, siguiendo unas huellas de zapatos de color blanco que hay sobre el pavimento de las calles. Unos carteles te informan de por qué las huellas llevan hasta allí. El hombre nos desaconseja la idea de la bici ya que el día se ha levantado con intención de ponerse a llover e ir en bici lloviendo no es nada cómodo. Seguimos su consejo y realizamos la visita a la ciudad siguiendo los itinerarios de una guía sobre la ciudad que conseguí en una de mis visitas anteriores a Copenhague. 

    Comenzamos por la plaza del ayuntamiento, donde varias parejas están esperando para casarse. Damos una vuelta por algunos de los salones del ayuntamiento que están abiertos para la celebración de las bodas. Seguimos por la Stroget, una animada calle peatonal. Callejeando llegamos a la Torre Redonda, un antiguo observatorio astronómico. En lo alto de la torre se divisa toda la ciudad, y además se puede ver el puente que une Copenhague con Malmo en Suecia, a través del mar, y por supuesto, en el horizonte se ve Suecia, a demás de gran cantidad de molinos para producir energía eólica. Los puestos callejeros de fruta presentan la mercancía impoluta, tan brillante y limpia que se diría que son de adorno. Gustavo necesita unas peras y pide además de unas que hay en una caja que están menos brillantes y lustrosas que el resto (Gustavo es así). Al ir a pagar, la señora le dice que las peras de ese cajón son gratis. No puede ser, en uno de los países más caros del mundo algo gratis. La curiosidad me puede y me acerco a por otra pera. La vendedora mueve su cabeza en señal de aprobación. Yo cojo una pera, algo fea de aspecto exterior, pero perfecta por dentro, con un sabor delicioso. Nos da vergüenza llevarnos el cajón entero, ¡¡que pena!!. Stroget termina en Kongens Nytorv, una amplia plaza comienzo de Nyhavn, quizás la zona más típica de la ciudad. Aquí, un par de rutas turísticas te permiten realizar recorridos en barco por los canales de la ciudad. De los dos circuitos que hay disponibles (rojo y azul), vamos a hacer el circuito azul, que nos llevará a los lugares más típicos de la ciudad. El circuito dura aproximadamente una hora y cuesta 50 coronas.

    Tras el circuito en barco, nos acercamos andando hasta la sirenita, la parada obligada para todo aquel que visita la ciudad. El lugar está lleno de gente, bastantes españoles, a uno de los cuales le pedimos que nos haga una foto a todos juntos. Resulta que trabaja en la misma oficina que Ana y la conoce de vista. A Ana, sin embargo, su cara no le suena (que una chica te diga que no te recuerda te hunde). Desde la sirenita nos acercamos a la ciudadela, antigua fortaleza convertida hoy en parque. Volvemos hacia Amalienborg, residencia de la reina de Dinamarca y nos dirigimos a la iglesia de mármol, que no podemos visitar pues acaban de cerrar una vez que ha salido el cortejo de una boda que acaba de tener lugar. Me llama la atención que en lugar de echar arroz a los novios, les lanzan pipas de girasol peladas. Ahora nos encaminamos hacia el castillo de Rosenborg, un tanto retirado del centro y que no podemos visitar ya que está cerrado cuando llegamos. Aprovechamos para descansar en una cafetería tomando algo calentito, ya que el día es frío, pero no ha llovido, en contra de lo que podíamos pensar a primera hora de la mañana en la que la caída de agua parecía inminente.

    ¡¡Caramba!!, por un té, un café y tres chocolates nos han cobrado 215 coronas. ¡Qué pasada!. Casi hemos terminado la visita de lo más importante. Únicamente nos queda por ver el barrio de Christiania, situado en el barrio de Christianhavn. Mónica tiene mucha curiosidad por verlo. Este barrio era un antiguo cuartel militar abandonado que en los años 70 fue ocupado por los hippies. Actualmente es un barrio autónomo de Copenhague que se gestiona a sí mismo, salvo por algunos servicios esenciales que proporciona la ciudad. Las drogas que han circulado siempre por el barrio, ha hecho que haya continuos problemas con la policía. En la única ocasión en la que he estado, en la calle principal había bastantes puestos en los que se podía comprar marihuana y hachís, de todas clases y tamaños. Hoy, sin embargo, la zona está bastante poco animada y no hay ningún puesto de estos abierto. La explicación la descubrimos rápido: la policía está de redada. Varios grupos de policías están patruyando la zona previniendo cualquier posible trapicheo o consumo. Nos sentamos en un bar a tomar una cerveza. Estoy jugando con unas moneditas que tengo en la mano y un poli se acerca a preguntarme si tengo hachis. ¡No!, respondo. Debí ser muy convincente porque se marchó sin más.

    Cenamos camino del albergue en un kebab. Nos cuesta batante decidir ya que todo está escrito en danés. Después mis compañeros se marchan a dormir. Es pronto, por lo que decido dar una vueltecilla. En el ayuntamiento, el reloj marca las 12 de la noche. Resulta que es más tarde de lo que yo pensaba, tendré que acortar mi paseo. La animación de las calles se ha trasladado ahora a los bares, en los que hay bastante gente y música en vivo. Vuelvo sobre mis pasos. Al llegar al albergue descubro que el reloj del ayuntamiento estaba adelantado aproximadamente una hora. He vuelto antes de lo que tenía previsto, pero no importa ya que hay que levantarse pronto para ir a aeropuerto. Resulta que además ha desaparecido una de mis sábanas. Pido unas sábanas en recepción. Es la primera vez que me pasa algo así en un albergue.

Itinerario

DIA 3.- COPENHAGUE -  RIGA.

    La noche en nuestra habitación no ha sido muy tranquila ya que un par de franchutes, a eso de las 4 de la mañana, estaban discutiendo. Bueno, no discutían, uno de ellos se quejaba de que había perdido una llave, que supongo era la de su maleta. En cualquier caso, vaya par de.... A las 7:00 nos vamos para la estación. En el tren llegamos rápido al aeropuerto. Hay una fila gigantesca para facturar. Probamos a ver si podemos hacer la facturación automática en una de las máquinas, pero nuestra reserva no nos lo permite, así que tendremos que esperar nuestro turno. Una señora va preguntando en la fila la hora de salida de los vuelos, para dar preferencia a los que salen antes. Menos mal. Me quedo más tranquilo. No obstante, la fila avanza rápido y tras un rato ya hemos facturado nuestros equipajes. El la sala de espera del aeropuerto no hay muchas tiendas por las que deambular, así que nos vamos a nuestra puerta de embarque. La tranquilidad de mis compañeros hace que pese a no estar haciendo nada seamos los últimos en entrar en el autobús de camino al avión.

    En el avión va muy poca gente. Alguno de nosotros aprovecha para dormir un poquito. El vuelo entre Copenhague y Riga nos ha costado 75 euros. Nos tratan tremendamente bien y además nos sirven un desayuno gratis, lo cual me sorprende bastante. A la hora prevista llegamos a Riga. Saco dinero (lats letones) en el único cajero que hay en el vestíbulo, y vamos a buscar el autobús cuya parada se encuentra en frente de la salida, cruzando la calle. El bus al centro cuesta 0.20 lats por persona, pero las maletas parece que pagan el doble. La cobradora ha hecho sus cuentas y me ha dado un montón de tiquets. El bus va bastante lleno y en las paradas siguientes se llena aún más. Es algo incómodo, sobre todo por los equipajes. La cobradora nos avisa cuando llegamos a la estación de autobuses. No para justo allí, sino delante del Stockman, los grandes almacenes de la zona báltica, algo así como el Corte Inglés en España o las Galerías Lafayette en Francia. Desde aquí, pasando por delante de la estación de trenes, junto a la oficina de correos, está nuestro albergue. Lo elegí porque estaba céntrico, costaba lo mismo que el resto (12 lats por persona), y las fotos que vi en su web me parecieron bien, aunque nunca me fío de las fotos. El albergue no está mal, tenemos una habitación de seis, así que tendremos un compañero o compañera esta noche. 

    Salimos del albergue para comer algo. En la zona de la estación de tren hay un restaurante tex-mex, el Chili-Pita. Por no andar buscando más, nos metemos allí mismo. No es caro y hemos comido muy bien. Tras la comida nos acercamos a la estación de tren, que está justo al lado a comprar los billetes para ir a Tallinn. Cuando los pido en la taquilla me dicen que no es posible ir de Riga a Tallinn en tren, sólo se puede ir en autobús. Pues nada, habrá que ir en bus, algo más incómodos. Nos acercamos a la estación de autobuses y allí entro en Eurolines a comprar los billetes (7 lats). No hay a la hora que queremos y el resto de horarios no es muy bueno. Nos dice que vayamos a la oficina de enfrente que seguro que tienen más billetes. Efectivamente, aquí no hay problema, aunque son algo más caros (8,5 lats), pero bueno, ya tenemos solucionado el tema de abandonar la ciudad.

    Comenzamos ahora una tranquila visita de la ciudad siguiendo uno de los dos itinerarios que vienen en una guía que me enviaron por correo desde la oficina de turismo de Riga. Cuando preparo los viajes siempre solicito por internet que me envíen por correo por lo menos un plano de la ciudad e información sobre lo que hay que ver. Generalmente me lo suelen enviar sin problema. En algunos países me dicen que todo está en la web y que lo miré ahí. Es más incómodo y termino perdiéndome en los hiperenlaces, pero a veces no queda más remedio. La ciudad me gusta bastante. Tiene bastantes edificios pintorescos. No me esperaba que fuese así. Terminamos la visita en una plaza donde muchos bares tienen colocadas sus terrazas, aunque el tiempo no es el mejor para estar al aire libre. Nos sentamos en una terraza en la que una banda de chavalines ameniza la velada. No son muy buenos y la cantante desafina bastante, pero tampoco somos tan exigentes.

    De vuelta al albergue, antes de ir a dormir aprovecho que hay internet gratis para navegar un poco y preparar la logística de los próximos días de viaje.

Itinerario

DIA 4.- RIGA - SIGULDA - RIGA. 

    Siguiendo la guía que me enviaron de la oficina de turismo, hacemos la segunda ruta de visita a la ciudad. Las explicaciones de esta guía son muy sucintas y tenemos que consultar las guías de viaje que llevamos desde aquí en las que la mitad de las veces las explicaciones son igual de sucintas o incluso ni viene referencia alguna al edificio. Se supone que son de Anaya, que ya valen una pasta y debería estar todo bien, pero no es así. La parte que hace referencia a Riga es bastante incompleta a nuestro parecer.

    Comemos bastante bien en la terraza de un bar que hay junto al castillo (14 lats los cinco). Aquí, por decirlo así, termina nuestra visita de la ciudad. Los padres de Chave, que están haciendo el mismo viaje que nosotros con tres días de adelanto, le comentaron que visitaron un parque nacional que hay a unos 50 kilómetros de la capital y que les gustó mucho. Chave está empeñada en que alquilemos un coche para ir a verlo. Bueno. Mientras Ana, Monica y yo tomamos un café o un té en un bar de la plaza de la catedral, Chave y Gus llaman por teléfono a las oficinas de alquiler que vienen en mi guía. Finalmente encontramos un coche por unos 34 lats que hay que recoger muy cerca de donde estamos.

    Nos dirigimos hacia Sigulda, donde se encuentra la zona del Parque Nacional. Paramos en la oficina de información que hay a la entrada del pueblo. La poco simpática señorita que allí se encuentra nos da un folleto con un mapa del parque, todo él en ruso. Bueno, alguna cosa puedo entender y nos va a ser de mucha más ayuda que si no llevásemos nada. Paramos a la entrada del parque en un castillo, convertido ahora en restaurante y damos una vuelta por las ruinas de una antigua abadía. A lo lejos se divisa el torreón de un castillo. Nos dirigimos hacia allá. Antes de ver este castillo, nos acercamos a ver el castillo de Krimulda, que nos cuesta muchísimo encontrar. En lo que en alguna ocasión fue un elegante lugar de vacaciones, y que ahora parece abandonado y en franca decadencia, están rodando una película ambientada en los años 40. La escena se repite una vez tras otra: unos niños cantando, dirigidos por la profesora, marchan por la calle, una moto la cruza en sentido contrario y una pareja cruza la carretera hasta la parada de autobús. Seguimos con la búsqueda del castillo de Krimulda, que finalmente encontramos. Unas ruinas, muy ruinosas que en absoluto merecen la pena el desvío. Vamos a Turaida, donde hay una especie de parque. Está cerrado cuando entramos. Sólo se puede entrar de paseo. Cuesta 0,5 lats. El lugar está desierto. Es uno de esos parques que he visto por el norte de Europa en el que tienen construcciones típicas  del lugar, aunque en este sólo hay una casa y un castillo de ladrillo rojo, que más que parecer en ruinas, parece que está en construcción. Está cerrado también. El paseo por los jardines es muy agradable.

    Ponemos rumbo a Riga, parando antes en la gruta de Victor, que hace referencia a una leyenda del lugar de amores, que no llegamos a terminar de comprender por causas del idioma. La zona que hemos visitado está bastante bien, pero no es tan "expectacular" como Chave a estado repitiendo una y otra vez. Esa palabra en boca de Chave pierde todo su significado pues llama "expectacular" a cualquier cosa, como comprobaremos a lo largo del viaje.

      La velocidad máxima en las carreteras Letonas es de 50 kms/hora, así que no podemos ir muy rápido. Ya de noche llegamos al albergue y salimos a cenar. Es algo tarde y en el Pica-Chile no nos sirven. Terminamos cenando en la hamburguesería. Después de una tertulia, a lo que mis compañeros son muy aficionados, volvemos a dormir al albergue. Aprovecho para navegar un rato en internet y comprobar que no hay ninguna novedad con respecto a los próximos días (el trabajo de un guía de viajes es muy duro).

Itinerario

DIA 5.- RIGA - TALLINN.

    Gustavo y yo nos levantamos los primeros y vamos a devolver el coche. Al montar en él se nos acerca un señor que llama a nuestra ventanilla. Gustavo baja la ventanilla, le dice una palabra en inglés, el señor suelta un ¡¡buah!! y se marcha muy contrariado. Debía ser el vigilante del aparcamiento que quería cobrarnos por estacionar en la calle (en estos lugares no hay parquímetros), pero al ver que somos extranjeros, ha desistido.

    Llegamos bien a devolver el coche y bajamos tranquilos a desayunar, sabedores de que nuestras compañeras no va a estar aún listas. Paramos un momento a ver la catedral ortodoxa de la ciudad, que están restaurando y cuyo exterior casi no se puede ver por los andamios, aunque su figura es espléndida. El interior, el típico de una iglesia ortodoxa, con mucho dorado por todos los lados, y mucha decoración.

    Desayunamos en el Pica Chili, que le hemos cogido cariño, y después, corriendo, como no podía ser de otra manera, vamos a la estación. El autobús tardará aún en llegar, según me comenta alguno de los que están esperando. Me he sentido a gusto en Riga. Me ha sorprendido bastante poder hablar sin ningún problema en ruso, de hecho, no sé en el resto del país, pero esta ciudad es rusa, y todo el mundo lo habla, de hecho, algunos es lo único que hablan. Después de un rato llega el autobús. Vamos a nuestros asientos, pero ya están ocupados. Se arma un pequeño revuelo, pero nosotros nos sentamos en los sitios que hay libres, hasta que un par de rusas reclaman que nos levantemos y nos coloquemos en nuestro sitio. El conductor dice que cada uno se siente donde quiera, pero las rusas insisten. Al final, los que están sentados en nuestros asientos, que son franceses, se recolocan y todos contentos. Como son franceses, comenzamos a comentar cosillas. Están de viaje con una amiga que vive en Lituania y están visitando los tres países Bálticos. La verdad es que hablando con ellos el viaje se ha hecho más entretenido.

    Por la tarde llegamos a Tallinn. El autobús para en el puerto, así que aprovecho para sacar dinero estón (coronas) y preguntar por los billetes del barco de mañana. En la taquilla me dicen que la reserva está bien y que vaya mañana un par de horas antes de la salida para conseguir la tarjeta de embarque y pagar. El albergue está a pocos pasos del puerto, muy céntrico, y sorprendentemente, está muy bien. No es un albergue, es lo que aquí llamaríamos un hostal o pensión. Salimos a dar una vuelta. Está comenzando a llover, pero de momento, seguimos deambulando por las calles. En una de ellas oigo a alguien decir mi nombre: ¡¡Pero si es Sonia!!. Nunca me hubiese imaginado encontrarme con alguien conocido tan lejos de casa. Al igual que nosotros, acaban de llegar hoy a la ciudad, aunque ellos vienen de España. Es su primer día y están algo cansados, así que se van ya al hotel. Nosotros, dado que está lloviendo, decidimos hacer una ruta cervecera. Desde la última vez que estuve han abierto bastantes bares más. No es caro, pero al estar en el centro los precios no son lo baratos que podrían ser. Por decirlo así, son los precios que hay en Madrid.

    Después de beber un par de litros de cerveza en unos cuantos sitios, volvemos al albergue. Antes de dormir me ducho. Cuando vuelvo a la habitación, Gustavo y Chave tienen un aserradero montado. ¡¡Cómo roncan los angelitos!!, y lo más gracioso es que Chave dice que ella no puede dormir si alguien ronca. 

Itinerario

DIA 6.- TALLINN.

     Tallínn tiene un centro histórico pequeño, así que mis compañeros han decidido tomarse la visita con mucha tranquilidad. Primero vamos a desayunar a una pastelería un café con bollos y pastelitos. Estamos un buen, buen, buen rato allí, tanto que cuando salimos es casi la hora de comer. Bueno, aprovecho para descansar, ya que me he levantado un poco mareado.  Vamos a la magnífica plaza del ayuntamiento y realizamos la visita del mismo. No nos llega el dinero para las entradas, así que dudo si sacar dinero de un cajero o cambiar en una oficina de cambio. Al final opto por la oficina de cambio. Craso error, ya que me pegan un sablazo tremendo. Es el peor cambio que he conseguido en toda mi vida, y mira que la chica me informó perfectamente sobre el resultado de la operación, pero creo que mi cabeza no daba más de sí en ese momento.

    Volvemos al ayuntamiento donde sacamos la entrada (35 coronas) para la visita. Para la obtención del importe total de las 5 entradas, la taquillera maneja con dificultad una calculadora, dificultad motivada por sus uñas, tan largas y afiladas como las de un gavilán. Las dependencias del ayuntamiento tienen exposiciones que recuerdan el pasado hanseático de la ciudad de Tallinn (la Hansa fue una agrupación comercial de ciudades del norte de Europa durante la Edad Media). También hablan sobre los trabajos de restauración del edificio. Mi cabeza está fatal.

    Deambulamos por las calles en dirección a la torre que va a dar al puerto, la puerta Margaret. Alli cerca está la iglesia de San Olav, a cuyo campanario se puede subir, previo pago, y desde donde se divisan unas magníficas vistas de la ciudad. Yo no tengo fuerzas para subir a lo alto, así que me quedo abajo con Mónica, que tampoco está especialmente interesada en subir. Según comentan al bajar, arriba hacía un viento tremendo, pero las vistas eran fantásticas, lo que comprobé posteriormente cuando vi las fotos que tomaron.

    Seguimos la ruta, ahora por la muralla oeste, pero antes hacemos un alto en un café para calentarnos, ya que hace algo de frío. Después del tentempié, subimos a la muralla (20 coronas). En sí, no hay nada interesante dentro, aunque compruebo que han restaurado bastante el lugar desde mi última visita. Proseguimos hacia la parte alta de la ciudad, la zona de Toompea y el castillo. Desde aquí también hay unas buenas vistas del la ciudad vieja, aunque creo que son mejores las que se ven desde el campanario de la iglesia. En la catedral de Santa María nos encontramos con nuestro compañeros de autobús. Nos saludamos y comentamos algunas cosillas sobre lo que hemos visto y hecho. 

    En la plaza del castillo se encuentra la catedral de Alexander Nevski, una catedral ortodoxa, magnífica por fuera y por dentro. Según parece, al contrario que los letones, los estones han querido romper todos los lazos que les pudiesen unir a los rusos, y una forma de romper con esos lazos, además de no hablar ruso, es derruir los edificios rusos, en este caso la catedral. Independientemente de que para ellos pueda ser un recuerdo del antiguo imperio ruso, la catedral de Alexander Nevski es una auténtica maravilla artística, y creo que sería un gran error derruirla, pero...ellos sabrán. El sol asoma entre las nubes y calienta aunque tímidamente. Aprovechamos para hacernos unos bocadillos en los jardines del castillo. Por decirlo así, la visita a la ciudad ha terminado, o más bien, mis compañeros la dan por terminada. A mi me hubiese gustado dar una vuelta por la zona "normal", la zona por donde vive la gente, ya que aquí únicamente hay turistas y no tiene nada que ver la vida aquí con la vida del centro, pero tampoco insisto. Mis compañeros ven los viajes de otra manera. Como mucha gente piensa, para ellos las vacaciones son para descansar. Para mí las vacaciones son para descubrir. En fin.  Paramos de nuevo en un café a tomar algo. Ya solo estamos haciendo tiempo hasta que salga el barco.

    Volvemos tranquilamente hacia la zona de la plaza del ayuntamiento, y sobre las nueve volvemos al albergue a por nuestras maletas, que nos han guardado amablemente durante todo el día. Con tranquilidad vamos a la terminal portuaria. Hay muy poca gente y en seguida tenemos nuestras tarjetas de embarque. El barco no sale hasta las 00:00, así que aún nos queda un buen rato de espera, que matamos charlando.

    El trayecto en barco nocturno de Tallínn a Helsinki tenía ganas de hacerlo desde la primera vez que estuve en la zona. En aquella ocasión, era el mes de mayo, los barcos pequeños no salían porque había icebergs en el mar, y los barcos grandes, como este, estaban completos. Según me habían comentado, los habitantes de Helsinki utilizaban estos barcos, que hacen el trayecto de Helsinki a Tallinn o a Estocolmo, como barcos discoteca. El trayecto con camarote es bastante barato (630 coronas por camarote doble) y dentro el precio del alcohol es mucho más barato que en Finlandia, así que como 630 coronas no es nada para un finlandés, los fines de semana, en lugar de emborracharse en tierra firme, suben el barco, se emborrachan allí y además aprovechan para comprar alcohol a buen precio (se puede ver a la gente con carritos repletos de cajas de cerveza). El barco cuenta con discoteca, un par de bares y una zona donde toca la orquesta. Los precios no me parecen tan económicos como me habían dicho, aunque supongo que son económicos para un finlandés. Hoy no hay mucho ambiente. La orquesta está tocando, pero no hay prácticamente gente que les escuche. Damos una vuelta por el barco, subimos a las cubiertas, donde a parte de hacer un frío terrible no se ve nada pues es ya de noche, cenamos en el barco, tras escuchar un rato a la banda nos vamos a dormir. Son aproximadamente las dos de la mañana.

Itinerario

DIA 7.- TALLINN - HELSINKI - SAN PETERSBURGO

    A las 6:00 la megafonía del barco nos despierta en nuestro camarote diciendo que estamos llegando a Helsinki. Todavía queda bastante, así que sigo en la cama. Sobre las siete vuelve a sonar el mensaje. Remoloneo un poco antes de levantarme. A las siete y media ya están los del servicio de habitaciones metiendo prisa para que nos marchemos. ¿Prisa? ¿a Chave?, yo creo que si no es porque insistimos en ver si está despierta, se hace el viaje de vuelta a Tallinn.

    Los barcos de Tallink, la compañía con la que hemos viajado, para en una terminal diferente a la que paran el resto de compañías. Esta está algo retirada del centro, así que tomamos un autobús a la salida de la terminal que por 2 euros nos deja en la estación de trenes, en pleno centro. Allí tenemos que retirar los billetes de tren a San Petersburgo (45 euros), y además hemos quedado con Rodrigo allí mismo. Rodrigo podría haber sido el sexto viajero, pero no se muy bien por qué motivo se hecho para atrás y fue con otra gente. Dejamos las maletas en las consignas que hay en la estación (2 euros por taquilla) y mientras todos desayunan yo me acerco a las taquillas de los trenes para retirar los billetes. Como en anteriores ocasiones no tengo ningún problema. El que no aparece es Rodrigo, debe ser que hay algún problema con los mensajes de móviles que hemos estado intercambiando y no ha recibido nuestra convocatoria en la estación a las nueve de hoy. Le enviamos un mensaje diciéndole que si no aparece nos marchamos. Según comentamos con él a la vuelta, los mensajes llegaron todos a destiempo. 

    Helsinki no es una ciudad especialmente bonita y desde luego no tiene nada que ver con las tres ciudades que hemos visitado hasta ahora. Es una ciudad moderna, pero es una ciudad muy agradable para pasear, sobre todo haciendo buen tiempo. Esta es la tercera vez que estoy en la ciudad, y conozco el centro bastante bien (tampoco tiene mucho). Sin embargo, los padres de Chave le han dicho que la ciudad no tiene nada de interés, lo que ha dado pié a que ninguno de mis compañeros muestre demasiado interés en la visita, que comenzamos yendo hacia el estadio olímpico, por un agradable parque donde se encuentra la ópera, el auditorio y un lago que yo siempre recuerdo completamente helado, como la primera vez que estuve en la ciudad. Volvemos desde el estadio olímpico al centro de la ciudad. Entramos un momento en la oficina de correos, donde se puede acceder gratuitamente a internet. Pues no. Parece que han quitado los cuatro ordenadores que había para tal menester. Aprovechamos para escribir muy muy muy tranquilamente unas postales y unos mensajes en botellas a las que luego se pone un sello y se envían por correo. Cuando por fin terminamos con las postales, les llevo a la catedral luterana, cerrada hoy por un acto, pero que tampoco tiene nada de interés en el interior (obviamente, pues es una catedral luterana). Sin embargo, el exterior es bastante pintoresco. Luego vamos a la zona del puerto, donde hasta las cinco de la tarde todos los días del año hay un mercadillo. Vemos primero la catedral ortodoxa, con un exterior poco atractivo de ladrillo rojo, pero con el interior muy decorado.

    Nos queda poco tiempo antes de tomar el tren con destino a San Petersburgo, así que decidimos comer algo en los puestos del mercadillo. Después, muy tranquilamente vamos hacia la estación de tren. A la hora prevista el tren sale. El viaje dura unas cinco horas, y en ese tiempo Ana y Gustavo aprovechan para aprender el alfabeto cirílico. No es especialmente complicado, pero requiere un mínimo esfuerzo. Yo les explico como deben pronunciar las letras. En realidad, conocer el alfabeto cirílico creo que solo tiene utilidad para viajar en metro y poder así leer el nombre de las estaciones, porque lo que es en sí el idioma, es bastante complicado con sus cinco declinaciones y formas verbales.

    Sobre las once de la noche llegamos a San Petersburgo, pero no me suena que estemos en la estación de Finlandia, donde suelen llegar los trenes procedentes de este país. Pregunto a nuestras compañeras de compartimento, que son rusas y éstas me informan que los trenes ya no paran en la estación de Finlandia, sino en la estación Ladozhkaya, al oeste de la ciudad. Afortunadamente hay metro, así que no hay problema. Nuestro albergue se encuentra en la estación de Park Pobedy, y como el metro de San Petersburgo funciona muy bien (hay una frecuencia de 2 minutos entre trenes, y estos viajan a 100 por hora), en seguida llegamos a nuestro destino.

    El albergue se encuentra bastante alejado del centro, en lo que yo llamo la ciudad "normal". Es de noche, se ve poco, pero se adivina el abandono del barrio en el que nos encontramos, algo que a mi me parece lo más común en esta ciudad. Llegamos al albergue sin problemas. Nos registramos y unos chicos españoles con los que hablamos nos avisan que no nos asustemos cuando entremos en la habitación. La habitación no es gran cosa, pero es amplia, además, están renovando el albergue y cuatro de las camas que hay son nuevas, sin embargo, los edredones no son nuevos y están sucios hasta decir basta. Por supuesto, los retiramos inmediatamente. Doy una vuelta por el albergue, que ocupa una planta del edificio. La verdad es que deja mucho que desear. Que le vamos a hacer. Elegí este albergue porque los otros dos albergues, que están muchísimo más céntricos, me ponían más problemas con el tema del registro del visado, y éste y el de Moscú todo lo contrario. 

    Antes de ir a dormir aprovecho  los 10 minutos gratuitos que tenemos de internet (que siempre son más de diez) para enviar algún correo y revisar que no hay ninguna novedad con respecto a los próximos días de viaje. Todo en orden. A dormir.

Itinerario

DIA 8.- SAN PETERSBURGO.

    Nos levantamos tardísimo y además tenemos que esperar así como una hora para que nos den los pasaportes una vez registrados. El registro del pasaporte es muy sencillo, simplemente el albergue anota en la tarjeta de inmigración el número de entrada que ha dado en su registro a los nuevos huéspedes. Es un simple sello relleno con unos datos, que se hace en unos minutos, pero que a nosotros nos ha llevado casi una hora. Tras recuperar nuestros pasaportes vamos al metro Electrosila, también cerca de nuestro albergue. El barrio en el que estamos está bastante abandonado: los edificios sucios y con muchos desperfectos, las calles con socavones y mal asfaltadas, los jardines abandonados con la vegetación creciendo en plan selva por donde merodean grupos de perros que a nuestro entender han sido abandonados. Es la sensación que me dio la ciudad en mi primera visita. En el centro lo ves todo más o menos arreglado, pero fuera del centro y zona turística, sin alejarte mucho, ves los restos de una ciudad que no hace mucho debió ser una auténtica maravilla, repleta de edificios elegantes, ahora en franca decadencia.

    El magnífico metro de la ciudad, concebido como el "palacio de los trabajadores", lugar por donde millones de personas pasan diariamente para acercarse a trabajar, funciona muy bien. Los trenes llegan con una frecuencia de dos minutos y viajan a una velocidad que hace que las larguísimas distancias que hay entre las estaciones se recorran en un momento. La gente con la que nos cruzamos en la kilométrica escalera mecánica que nos lleva al andén, que debe estar situado casi en el centro de la tierra, me parece triste. Nadie habla con nadie y tienen la mirada perdida. Las estaciones son amplias, con un andén ancho y largo a cada lado y un vestíbulo interior que suele estar adornado con algún mosaico o estatua haciendo referencia al nombre de la estación. En un santiamén estamos en Gastiniy Dvor, a pocos pasos del centro, frente a la catreral de Kazán. Nuestra intención para el día de hoy es visitar el Palacio de Invierno, también conocido como el museo del Hermitage. Cambiamos dinero en un banco de camino. Cruzamos el canal Grivaiédava, con la magnífica iglesia de la Sangre Derramada al fondo. Mis compañeros necesitan desayunar, aunque ya casi es la hora de comer. Nos metemos en una terraza cubierta en una plaza de la avenida Nevski, frente a la catedral de Kazán. Los precios son para turistas, muy elevados, pero no importa, hay hambre. Una vez hemos pedido, tardan un buen rato en servirnos, tanto que cuando terminamos incluso ha pasado ya la hora de comer. Decidimos que la visita al Hermitage no va a ser posible ya que es bastante tarde, así que resolvemos visitar la iglesia de la Sangre Derramada.

    Los museos y monumentos en Rusia tienen precios distintos para los rusos y para los no rusos, muchísimo más caros, y además a precio de turista sueco. Los estudiantes tienen descuentos importantes, por lo que conviene hacerse con un carnet que generalmente te aceptan sin problemas. La entrada cuesta 270 rublos, y hay que pagar 150 más si quieres sacar fotos o grabar en vídeo. Con la entrada, además nos dan unos plásticos para colocar en nuestro calzado y no estropear el suelo de iglesia. Esta iglesia fue utilizada como almacén durante la época comunista. Tras unos trabajos de restauración importantes, ahora luce espléndida, magnífica, o como diría Chave: espectacular, y aquí si que no se equivocaría. El exterior es de estilo tradicional ruso, de ladrillo rojo, con cúpulas en forma de cebolleta de mil colores. El interior ricamente decorado con brillantes mosaicos. Fue ordenada edificar por el zar Alejandro III, en memoria de su padre Alejandro II, asesinado en ese mismo lugar en 1881. En el interior, bajo un baldaquino, se encuentra el pavimento original donde ocurrió el magnicidio.

    Abandonamos el lugar siguiendo el canal del Moyka, hasta los jardines de verano, unos agradables jardines donde vamos a ver si comemos algo, aprovechando que hay una terraza de un bar. Me acerco al interior a ver que se puede comer. Según la carta, podemos comer algo a un precio bastante económico. Una vez que nos hemos decidido me acerco a la barra a pedir. La respuesta al primer plato que pido es un rotundo "nietu" (no hay), repetido una y otra vez según iba pidiendo el resto de platos. ¿Y que es lo que tienes, chata?. Me responde que unos bollitos rellenos de salchicha a modo de perrito caliente. Uno no da para mucho, así que pedimos dos o tres cada uno. Después de dar buena cuenta de ellos, proseguimos nuestro camino por la orilla del río Neva junto al palacio, por el Almirantazgo, la catedral de San Isaac y finalmente el monumento a Pedro I el Grande, antes de cruzar por el puente Dvorchoviy a la isla Vasilievskiy donde se encuentra el museo naval y las pintorescas columnas rostrales. 

    Ya está anocheciendo, y hemos de cenar. En la misma isla encontramos un restaurante italiano donde entramos. El lugar es agradable, la comida está bien y no es caro. Preguntamos a la camarera donde podemos tomar el metro para volver, nos dice que vayamos de frente, pero que a esta hora ya estará cerrado, aunque no está segura. Son las 00:30, creemos que es pronto para que esté cerrado, pero cuando llegamos comprobamos que efectivamente se nos ha pasado la hora. Hay unos cuantos taxis en una parada y preguntamos el precio por ir hasta Electrosila. El precio para los turistas poco previsores es de 800 rublos, les digo que el precio es demasiado alto ya que hasta el aeropuerto sólo cuesta 500 rublos. La respuesta es que si queremos ir los 5 en el coche, ese es el precio. Ana y Mónica, recordando la forma en que regateábamos a Egipto hacen ver su disconformidad con el precio moviendo claramente la cabeza de izquierda a derecha. Nos vamos. Los taxistas nos llaman, supongo que para acordar un precio más bajo, pero no hacemos caso. Ana nos recuerda que si lo que queremos es regatear deberíamos volver, pero otros pensamos que mejor buscar otro taxi en otra parte. Seguimos el camino con la intención de salir por lo menos de la isla y llegar al continente. Estamos algo perdidos y empiezo a agobiarme. No sé si mis compañeros saben que los puentes de San Petersburgo se elevan por la noche para permitir el paso de los barcos, y que si no pasamos antes de que estén elevados tendremos que pasar la noche al fresco. Les comento que en Rusia cualquier coche es un taxi, por lo que no tenemos más que acercarnos a la carretera y parar cualquier coche, acordar un precio y nos dejará en el albergue. Sin embargo, este sistema, tremendamente utilizado en Rusia, no convence las mentes occidentales de mis compañeros, por lo que seguimos andando. Me estoy agobiando de verdad, así que mientras esperamos que el semáforo cambie para cruzar una amplia avenida, pregunto a un corpulento chico, tipo portero de discoteca, acompañado por cuatro chicas, dónde podemos encontrar un taxi. El chico, por mi acento, me pregunta si soy italiano, y me señala a una de sus amigas diciendo que es italiana. Me resulta más fácil hablar en italiano que en ruso, así que explico a la chica nuestra situación y ésta se la explica al chico ruso, que nos dice que él mismo nos para y nos apalabra un taxi. Pensé que se refería a un taxi de verdad, pero no, se refería a parar un coche cualquiera y acordar un precio hasta nuestro destino (sistema ruso de taxis). En principio intenta conseguir el trayecto por 200 rublos, pero al poco viene y me comenta que han de ser 300 rublos. Acepto sin dudarlo. Mientras el chico cierra el trato, las chicas nos dan a beber del vino que llevan, un tanto peleón según mis compañeros más entendidos. Me despido dándoles las gracias por su ayuda y por el vaso de vino que me han ofrecido con toda su amabilidad, y que no fui capaz de rechazar por no molestarles, aunque sé que ninguno de nosotros lo va a beber. 

    En verdad estábamos lejísimos de nuestro albergue. Las distancias en las capitales rusas son muchísimo mayores de lo que parecen sobre el plano. Nos cruzamos con un enorme grupo de patinadores. Pregunto a nuestro chófer si se trata de alguna especie de fiesta. Me comenta que no, que son gente que queda por internet para patinar juntos por las noches. Pues es una quedada con mucho éxito. El día no ha dado para más. Bueno, a mi aún me da para mirar si hay algo nuevo en el correo electrónico y para ducharme antes de ir a dormir.

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DIA 9- SAN PETERSBURGO - PETERGOF - SAN PETESBURGO.

    Nuestro propósito de levantarnos pronto se ha ido al traste. Cuando estamos preparados salimos dirección hacia el Hermitage, donde se toman los barcos que llevan, cruzando el golfo de Finlandia, al palacio Petergoff. Junto al Hermitage hay dos plataformas flotantes de donde zarpan los barcos que van a Petergoff. Una tiene los carteles en inglés, ideal para los turistas. La otra no tiene ni un solo cartel en otro idioma distinto al ruso, pero los precios son bastante más económicos. Por 450 rublos por persona, tenemos el trayecto de ida y vuelta. Desde luego, la opción de ir en bus (no turístico) o en tren es muchísimo más económica, pero somos turistas, y de secano, así que la idea de ir en barco nos gusta mucho más.

    El día es un tanto tristón, y aunque hay sol, éste no luce con esplendor, pero la temperatura es agradable. En 40 minutos estamos en el embarcadero que lleva a palacio. Primero hay que pagar la entrada de acceso al recinto (300 rublos). Ya dentro, aparece ante nosotros el largo canal que lleva desde el palacio hasta el mar. Al final del canal se ven las fantásticas fuentes doradas y el palacio. La Gran Cascada, como se denomina el conjunto de fuentes que están al pie del palacio, es algo fantástico. El tímido sol ilumina las doradas estatuas de las que salen juegos de agua haciendo que parezcan más brillantes. Es difícil tomar una foto, ya que el sol está colocado precisamente encima de palacio, pero aún así tomamos algunas y dejamos otras para más tarde cuando el sol esté en su posición descendente hacia el oeste. Para entrar en el palacio hay que pagar otra vez. Pensé que con los 300 rublos pagados ya podíamos ver todo, pero no es así, esos 300 rublos son para visitar los jardines. Si quieres ver el palacio hay que pagar otros 430 rublos y más si quieres ver otras dependencias y museos. El caso es que la visita al lugar se pone en un pico (1180 rublos, unos 35 euros), y aún tenemos que comer.

    Visitamos el palacio, que a decir verdad, en este momento en el que estoy escribiendo este relato, no recuerdo muy bien que es lo que vi en su interior. ¡Que frustración!. He visto y hecho muchas cosas en mis viajes y de todas me acuerdo casi como si hubiesen sido hace unas horas, pero lo que vi en este palacio y en el palacio Het Loo en Holanda, no consigo recordarlo, por más que me estrujo la sesera. De este palacio de Pedro el Grande, recuerdo el dorado con el que están decoradas algunas habitaciones, y poco más. Pediré a Mónica que me deje el video de las vacaciones.

    Tras la visita al palacio, decidimos comer algo. Miramos en los restaurantes, pero son carísimos. Carísimos, carísimos. Los rusos no tienen una economía especialmente boyante, y son la mayoría de visitantes del lugar. Será que en Rusia las cosas ya no están tan mal, pero entonces ¿por qué San Petersburgo está tan abandonado?. Los perritos calientes también se han agotado, y después de visitar varios puestos, conseguimos en el primero de ellos dos perritos para cada uno a unos precios increibles que no llenan ni los huecos de nuestras muelas. Tras la comida, proseguimos la visita de los jardines donde hay elgantes fuentes de diversos estilos. No da tiempo a mucho más. De camino al embarcadero terminamos de tomar las fotos que no habían tomado a la llegada. Cuando estoy cuadrando la foto con mi cámara noto algo extraño. Ya no hay tanto barullo como hace unos minutos. Yo sigo cuadrando la foto, pero al volver a mirar por el objetivo me doy cuenta de que ¡¡¡han apagado las fuentes!!! ¡¡¡será posible!!! me voy a quedar sin una foto de la fantástica vista de las fuentes y el palacio. 

    A las siete sale el último barco de vuelta a San Petersburgo. Meto prisa a mis compañeros para no llegar demasiado justos, lo que significaría seguramente perder el barco. Chave, con su lógica ilógica, piensa que no va a pasar nada, si se va el barco sin nosotros ya volverá a por nosotros. Sí claro, como somos tan majos (que lo somos), el señor que pilota el barco, cuando llegue a San Petersburgo va a percatarse de que nosotros no estamos y en lugar de marcharse a casa y estar con su familia va a tener el fantástico detalle de ir a recogernos. Por si las moscas, decido ir al embarcadero y los demás que hagan lo que quieran.

    Finalmente hemos vuelto todos juntos. Damos una vuelta por la plaza del palacio donde aprovechamos para tomar algunas fotos. Pregunto el precio de ir en autobús a Petergof. El chico mira a la señora que me dice un precio muy alto, tanto que el chico dice a la señora que no se pase. La señora le mira con cara de decir: es un turista extranjero, que se fastidie. En cualquier caso ya he ido, así que me da lo mismo. Sólo tenía curiosidad.

    Chave quiere volver a cenar al mismo restaurante de ayer. Mejor nos quedamos por donde estamos. Decidimos cenar en uno que hay en un callejón cerca del Hermitage. Cierto es que ayer cenamos bastante bien. Hoy no hemos tenido mucha suerte. Este lugar no es nada del otro mundo y es caro.

    Tras la cena todos deciden volver al albergue. Yo tengo pendiente una visita, así que decido no acompañarles. La primera vez que estuve en San Petersburgo encontré por casualidad una plaza llena de restaurantes y muy animada. No tenía ni idea de cual era, aunque intuía que podría ser Sennaya Ploshad. Como no estamos muy lejos, me acercaré andando, que además me apetece mucho. Efectivamente, era este el lugar. Sigue estando tan animado como en aquella ocasión, aunque lo noto algo cambiado. Van a cerrar el metro en breve, así que rápidamente entro un un nuevo supermercado que está abierto 24 horas y compro un par de botellas de agua antes de volver al albergue.

Itinerario

DIA 10- SAN PETERSBURGO.

    Hoy por fin toca la visita al Palacio de Invierno y Museo del Hermitage. Ni que decir tiene que nos levantamos tarde. Desayunamos tranquilamente en una cafetería cerca del metro Electrosila.

    Lo primero de todo es conseguir los billetes de tren a Moscú. Teníamos que haber ido antes, pero bueno. Los billetes se compran en lo que debe ser la oficina central de trenes, frente a la Catedral de Kazán. Pregunto en información a qué ventanilla debo dirigirme. A  cualquiera en la que haya alguien, obtengo por respuesta, con esa amabilidad desbordante que caracteriza a la gente que atiende al público en Rusia (es irónico, que conste) . Elijo una cualquiera. Primero pregunto si hablan inglés, ya que mi ruso no es muy bueno, y prefiero enterarme bien de lo que me dicen, pero no habla ruso la taquillera. Pido cinco billetes en el tren que sale a las 23:55 a Moscú. La respuesta de la señora es que no hay billetes. ¡¡Puf!! si ya sabía yo que dejando las cosas para el último minuto suele haber problemas. Me dice un par de trenes en los que podemos encontrar sitio. Voy a consultar con mis compañeros. Al volver a la ventanilla, la señora me dice que vaya a otra. La taquillera de al lado tampoco habla inglés, así que vuelvo a pedirle 5 billetes en algún tren nocturno. Me dice algo que no llego a comprender y me envía a otra taquilla. Estoy perplejo y sorprendido. No entiendo que pasa. En la tercera taquilla hay una chica joven...que tampoco habla inglés, aunque es más simpática y nos hacemos entender. Finalmente hemos conseguido 5 billetes en un tren que sale a las 22:20 de la estación de Moscú por unos 660 rublos cada uno. ¡¡Lo que me ha costado!!. No llego a entender cómo se las apañan en Rusia aquellos que ni tan siquiera conocen el alfabeto cirílico. 

    En el museo, la cola para comprar los billetes de entrada es larga y caótica. Es un tanto cara, como todo en Rusia para los turistas no rusos, ya que cuesta 350 rublos. Una vez tenemos las entradas, Ana y Chave nos preguntan extrañadas por qué las hemos comprado si ellas estaban mirando para hacer la visita con guía. No hay problema, porque las entradas se pueden devolver sin más si son del mismo día. Después, en un cuartillo nos dan unos papeles que indican que hemos contratado un guía, y pagamos 200 rublos por persona. ¿200 rublos? ¿cómo es más barato con guía que sin él?. Suponemos que en cuanto termine la visita nos harán salir fuera.

    El chico que está comprobando las entradas no sabe muy bien que son los papeles que le hemos dado. Se lo explicamos y busca a nuestra guía, que nos va a hacer de Cicerone por las magníficas habitaciones del palacio y las colecciones de pintura del museo. La visita es bastante amena, y desde luego merece la pena, incluso si no llevas guía, como la primera vez que estuve aquí. La compañía de la guía dura aproximadamente unas dos horas, después nos deja a nuestro albedrío para que recorramos el museo. El museo es inmenso y no da tiempo a verlo todo, así que seleccionamos algunas salas, como las de los impresionistas, la de Gaugin y la de Picasso.

    Tras la visita al palacio-museo, y después de comer los bollos que compramos en la cafetería en la que desayunamos cruzamos el gigantesco río Neva por el puente Troitskiy. Al final del puente, a la derecha, al final de la  Petrovskaya Nab. se encuentra el crucero Aurora, famoso por haber dado con sus cañones el aviso de asalto del Palacio de Invierno el 25 de octubre de 1917. Ahora está anclado frente al palacio y puede ser visitado como museo. A la izquierda se encuentra la fortaleza de Pedro y Pablo. Ya es tarde y hay muy poca gente. Encontramos grupos de turistas españoles. La entrada a la fortaleza es gratuita, pero no así a la entrada a la catedral de Pedro y Pablo, lugar donde se encuentran enterrados los zares de Rusia desde Pedro I. Los restos de Nicolás II y su familia han sido incluidos en el panteón hace poco. Mientras comento con un vendedor unas monedas antiguas, mis compañeros aprovechan para colarse por la salida de la catedral. Cuando voy a entrar, la vigilanta ya está en la puerta, así que no puedo acceder. Aunque en la anterior ocasión no pude ver la iglesia, pues estaba en total reconstrucción para las fiestas del tricentenario de la ciudad, tampoco me llama mucho la atención entrar. A partir de las 5 la entrada al panteón es más barata, supongo que por eso los grupos organizados de turistas van a esa hora. Mientras espero a que salgan mis compañeros, veo que entra un grupo de españoles, y con total naturalidad me mezclo entre ellos y entro sin problema. Dentro me uno a mis amigos junto a las tumbas de los zares y escuchamos las explicaciones que sobre la familia real rusa dan los diferentes guías españoles. Las historias familiares sobre los zares se asemejan a un culebrón y nos hacen mucha gracia a todos. 

    Aprovechamos para comer unos blini, una especie de crepes rellenas de chocolate, plátano, caviar o lo que te apetezca de una larga lista. En general le gusta a todos.

    Nos acercamos ahora al Neva. Paramos en una fea estatua de Pedro I sentado en la que todo el mundo se sube para hacerse una foto. Debe dar suerte, aunque solo se suben chicas. Yo también subo, por si acaso. Se puede subir a las murallas de la fortaleza, previo pago. Ana quiere mojarse el pié en el río, ya que su tío le ha dicho que trae suerte. En este río ahogaron a Rasputín. La historia es curiosa, ya que los que le mataron primero le intentaron envenenar con un pastel. Al ver que no moría le pegaron un tiro. Rasputín seguía sin morir y decidieron tirarlo al Neva.

    Tomamos el metro en Sportivnaya y ya que estamos en el metro, aprovecharemos para ver las estaciones más interesantes. La visita del metro es otra de las obligadas excursiones para los turistas: Ploshad Vostania, Pushkinskaia, Avtova, Baltiskaia, Narskaia, Kirovski Zavod, Technologicheski institut, Gostyni Dvor, Ploshad Aleksandra Nevskovo y Dovstoevskaia, que son las más pintorescas. Nos bajamos en  Sennaya Ploshad a comprar algo en el supermercado para los próximos días. Cenamos en la hamburguesería que hay en la misma plaza después de sacar dinero en un cajero. El día no da para más.

Itinerario

DIA 11.- SAN PETERSBURGO - TSARKOE SELO - MOSCU.

    En nuestro último día en San Petersburgo vamos a visitar el Tsarkoe Seló, también llamado palacio de Catalina. Se encuentra en la ciudad de Pushkin, a unos 20 kilómetros. Según las informaciones que tengo los autobuses se toman en la estación de metro Park Pobiedi, a donde nos acercamos andando pues está al lado del albergue. Al llegar allí no parece que haya ningún autobús. Una vendedora de flores que nos ve dudosos nos pregunta qué buscamos. Con la ayuda de otros transeuntes a los que pregunta la vendedora, descubrimos que los autobuses salen de la estación de metro Moskovskaya. La florista nos dice que no está lejos, que vayamos andando que somos jóvenes y así nos ahorramos el dinero del metro. Pero las distancias en esta ciudad no son tan cortas como parecen, y además el metro no es tan caro (para nosotros), así que tras agradecer la gran amabilidad de esta señora, entramos en la estación.

    A la salida del metro preguntamos por los autobuses a Pushkin. Paran en un edificio de estilo comunista que hay junto a unos jardines. Son autobuses para 10 personas, de esos que hay a patadas en la ciudad, y que muy claramente pone en ruso a dónde van. El trayecto cuesta 25 rublos por persona que se pagan al conductor, y no sale hasta que se ha llenado. No hemos tenido que esperar mucho para salir y en 20 minutos ya estamos a las puertas del palacio. Me llamó la atención que a la entrada de la ciudad hay un monumento egipcio.

    Como en Petergof, aquí hay que pagar para entrar en los jardines y para entrar en el palacio. La entrada al los jardines cuesta 100 rublos. El día es gris, y los jardines y el palacio no luce en todo su esplendor. La entrada al palacio cuesta 500 rublos, pero en esta ocasión es con guía en inglés. Un guardia recorre la fila de entrada gritando "inglish". Nos acercamos directamente a la entrada, parece que tenemos preferencia. Después de pagar y entregarnos los cubrepiés para no dañar los suelos, esperamos en una sala junto con otros turistas no rusos la llegada de nuestra guía. Estamos esperando un buen rato. Durante la II guerra mundial, el palacio fue destruido. En los últimos años se han llevado a cabo unos importantes trabajos de reconstrucción para devolverlo a su estado original. Sobre todas las salas destaca el salón de ámbar. Esta pequeña habitación, decorada totalmente en ámbar y piedras preciosas fue desmontada por los nazis y desapareció. No se sabe que pasó con ella ni a donde pudo ir a parar. Es uno de esos tesoros que alguien como Indiana Jones sueña con descubrir. Gracias a fotografías anteriores a la guerra se ha podido devolver la sala a su estado original, aunque a un coste tremendo: 12 millones de dólares.

    Tras la visita del palacio, visitamos los jardines y comemos al sol, un flojo sol que asoma de vez en cuando entre las nubes. A la salida del palacio visitamos los puestecillos de recuerdos y como sigue haciendo frío,  entramos en un café a tomar algo caliente. Aunque está junto al palacio se nota que allí no entran muchos turistas extranjeros ya que no hablan otro idioma que ruso, aunque pedimos sin dificultad, y los precios son los más económicos de todos los que he pagado desde que estoy en el país.

    En el lugar donde nos dejó el bus, volvemos a tomar otro de vuelta a la ciudad. En otros 20 minutos estamos de nuevo en Moskovskaya. Aprovechamos para comprar unos blinis en un puesto. Estos están muchísimo mejor que los que comimos en día anterior. Aprovecharemos el tiempo que nos queda hasta la salida de nuestro tren visitando el Monasterio Alexander Nevski. A la entrada hay una caseta en la que nos cobran 70 rublos por entrar. Creo que no era necesario pagar, de hecho la otra vez que estuve no tuve que pagar nada por entrar, pero no vamos a discutir. A la entrada a la iglesia hay unos pañuelos con los que las mujeres se deben cubrir la cabeza. Tampoco se puede llevar las manos en los bolsillos, para los rusos es de mala educación. Tras la visita de la iglesia y una vuelta por el cementerio que hay a la salida de ésta, tomamos la avenida Nevski. Este tramo, desde el inicio hasta la estación de Moscú, está mucho más animado y no es tan elitista como el último tramo. No quería irme sin que lo viesen mis compañeros, ya que creo que no han visto mucho de todo lo que ofrece esta ciudad. La tranquilidad con la que estamos paseando hace que tengamos que ir más justos de tiempo a recoger nuestro equipaje en el albergue, que hemos dejado en la "consigna", e ir a la estación de Moscú, de donde sale el tren. Les metro prisa diciéndoles que el tren sale a las 22:00. En realidad el tren sale a las 22:20, pero diciéndoles que sale a las 22:00 llegamos más tarde de esa hora, así que si les llego a decir la verdadera hora de salida hubiésemos perdido el tren seguro. El tren es larguísimo. Debe llevar unos 20 vagones. Nosotros estamos en el vagón 15. Nos acomodamos en nuestros compartimentos, todos por separado. Los que sí que llegan con la hora justa son un grupo de españoles de un viaje organizado. Habrán pagado una pasta y van a hacer el trayecto igual que nosotros. Claro, los trenes son los que hay, aunque ellos a lo mejor van en primera.

    Una vez el tren se ha puesto en marcha, reorganizamos la asignación de puestos. Gustavo estaba con una señora mayor a la que se notaba que le daba apuro compartir compartimento con un chico, así que Ana ocupa el puesto de Gustavo. Yo estoy con tres chicas en el mío, así que dejo a Mónica mi plaza y yo voy a su camarote. Una de las viajeras del tren habla español. Es una chica joven, de unos 15 años que dice que ha estado un verano en Málaga aprendiendo. Lo habla muy bien y comento en ruso que yo he estado cuatro años aprendiendo ruso y lo hablo fatal. Todos los rusos que me oyen se ríen bastante, pero es la verdad, por triste que sea. Vuelvo a mi nuevo camarote. Comienzo a hablar con mis compañeros, una señora con sus dos hijos, que según me comenta han estado unos días de vacaciones en San Petersburgo y ahora van a Moscú a tomar un avión con destino a Vladivostok, donde viven. Vladivostok es la ciudad rusa más alejada de Europa. Está en la región que los rusos llaman Extremo Oriente (Dolniu Vostock), que es donde está, en la frontera más oriental del país, al lado de China. Es la ciudad donde termina el tren Transiberiano. Mantengo una entretenida conversación con ellos hasta que mis compañeros me avisan para cenar algo. Cuando vuelvo al camarote ya están las luces apagadas, aunque alguno de los chicos está en el pasillo fumando un cigarrillo. Es casi la una, así que decido dormir lo que pueda.

Itinerario

DIA 12.- MOSCU.

    A la 6:00 el tren llega a Moscú. En la estación nos llama la atención la disposición de los asientos de la sala de espera: en filas como las del cine mirando a la pantalla en la que se indican los horarios de salida y llegada de los trenes. Queremos desayunar algo. Primero entramos en un café un tanto carísimo, así que cambiamos a otro, justo en frente, con precio normales. Después del desayuno, nos acercamos al metro, atestado de gente, y algo más caro que en San Petersburgo (1 viaje 13 rublos). Nuestro albergue se encuentra en la estación de Botanichéski Sad (jardín botánico), a cinco estaciones de donde nos encontramos. Como el metro es muy rápido, llegamos en un santiamén. La salida parece encontrarse en medio de ninguna parte. Es un gran parque en el que no se ve ni un solo edificio alrededor. Preguntamos a varias personas por el complejo Baikal, donde se encuentra nuestro albergue. Algunos no muestran el más mínimo interés en respondernos, otros simplemente no lo saben. Finalmente una señora nos indica la dirección. Tenemos que cruzar todo el parque, pero una vez que los árboles lo permiten, vemos claramente el nombre Baikal (en ruso, claro)  en lo alto de un edificio. Una vez allí, nos cuesta encontrar la entrada al albergue, así que entro a preguntar en el hotel Baikal. La recepcionista, que no habla nada más que ruso, mira en los papeles de su escritorio y busca nuestra reserva, pero no aparece. Parece que he preguntado en el lugar correcto, pero lo extraño es que no tengan nuestro fax con la reserva, así que saco mis papelotes, y le muestro la confirmación. Inmediatamente llama por teléfono a la encargada del albergue y también hablo yo con ella, mitad en inglés, mitad en ruso. Nos pide los pasaportes para el registro y nos entrega las llaves de nuestras habitaciones. 

    Parece ser que el albergue ocupa las habitaciones de lo que antaño debió ser un complejo hotelero. Ahora, en algunas plantas, las habitaciones han pasado a ser oficinas de negocios. Otras están dedicadas a habitaciones del hotel y otras dedicadas a albergue. Nuestras habitaciones son bastante amplias, aunque viejas. Desde que construyeron el hotel, no han cambiado ni las camas, ni el papel de las paredes, ni los muebles, ni nada. Me fijo a ver si por lo menos han cambiado las sábanas, y parece ser que esto, por lo menos, sí está cambiado. Pero en cualquier caso, no está mal. La habitación en sí es una especie de apartamento, que ya he visto en otros países del este, en el que hay una puerta de entrada que da a dos habitaciones y un baño. En cualquier caso, no tenemos que compartir el baño con nadie.

    La idea de viajar de noche en el tren era para que una vez que nos hubiésemos acomodado y pasado los trámites de registro, haber salido a visitar la ciudad, pero no va a ser así. Ya que tenemos una habitación y que ciertamente, esta noche no se ha podido dormir muy bien, si normalmente mis compañeros están cansados, hoy tienen motivos de verdad para estarlo, así pues se decide que se saldrá después de una siestecilla. Pensándolo bien, lo de viajar en tren nocturno, no parece que merezca mucho la pena, ya que si al final el tiempo que podrías ganar, lo vuelves a perder durmiendo, es como si no hubieses hecho nada. Otra cosa es los de los viajes organizados, a estos les va a buscar el bus y siguen con las visitas programadas.  Pues nada, mientras todos duermen, yo realizaré los trámites de registro y demás aspectos logísticos del viaje. Tras un rato bajo a recepción a por los pasaportes. Ya los tienen registrados, y me pide que suba a la segunda planta a hablar con la gerente del albergue, con la que ya había hablado por teléfono. Así lo hago. 

    La gerente del albergue no habla mucho inglés, así que la conversación es en su 90% en un ruso descafeinado. Resulta que no encuentra nuestra reserva y su obligatorio pago, así que he de volver a la habitación a buscar los recibos. Después de bucear en sus papeles, aparece mi reserva, mi cargo de visa, que firmo, y me hace el cargo por el resto de días que vamos a estar en el albergue. Hace la misma operación que en el albergue de San Petersburgo, que me resulta tremendamente curiosa: el precio no es en rublos, sino en euros, valor sobre el que aplica el cambio oficial rublo/euro para conseguir el precio en rublos. Es algo más caro esta forma de calcular los precios de los rusos, pero bueno, parece que es lo normal en el país. Después me explica un poco el funcionamiento del albergue, que es de lo más normal y luego yo le hago unas preguntas de cómo manejarnos en el transporte publico. Sin dudarlo, me asegura que el metro es la mejor opción, más rápida y más barata. Nos dice que tengamos cuidado cuando pasemos los torniquetes, ya que si por ejemplo pasa el bolso antes que nosotros, la puerta de cierra de golpe y te puede hacer mucho daño. Así que ya sabemos, bolsos y mochilas detrás de nosotros.

    Mis compañeros ya se están desperezando. Sobre las 12 salimos hacia el centro, pero antes paramos a comer un Shuarma en un puesto que hay junto al metro. Quien dice uno, dice dos, y hasta tres se come Gustavo, que no tiene fondo. Hemos decidido que esta tarde visitaremos el barrio del Arbat. Mucho había leído cuando estudiaba sobre este barrio bohemio, un barrio al que muchos autores rusos han ensalzado. Ahora, aunque se ve ambiente, no deja de ser una calle comercial, peatonal toda ella, en la que las tiendas de recuerdos para turistas y los restaurantes se reparten los locales. También hay varios puestos de pintores en las que se puede comprar bonitas vistas de la ciudad en acuarela, carbóncillo, oleo, etc, quizá lo único bohemio que queda en la calle, en la que, aproximadamente hacia la mitad, se encuentra la casa de Alexander Pushkin, el poeta de los rusos. Un cartel en la fachada indica que Pushkin vivió allí apenas un par de meses, así que denominar la "casa de Pushkin" a este lugar es un tanto osado. Justo en frente se encuentra la estatua del poeta y su mujer donde muchos rusos se están haciendo una foto. Pushkin se casó con la mujer más bella de la ciudad, y ese fue su gran error. Al final, murió en un duelo contra uno de los pretendientes de su mujer. Como él decía, las mujeres guapas no traen más que problemas. La calle termina en el edificio del Ministerio de Asuntos Exteriores, uno de los mastodónticos edificios de estilo estalinista que hay en la ciudad. A mi me gusta este edificio, igual al que se puede ver en Varsovia ("regalo" de Stalin a los polacos) y en Riga, aunque este último estaba un tanto deteriorado.

    Con las indicaciones de la guía damos un paseo por el barrio, que no tiene ningún encanto especial. En este lugar se encuentran varias embajadas de diferentes países y un par de edificios pintorescos. Poco más. Caminando, llegamos hasta la iglesia del Salvador. Esta iglesea, blanca inmaculada con cúpulas doradas, fue terminada a finales de 1800 y ordenada  derribar por Stalin en 1931. Con la caída del comunismo, la han vuelto a construir. Hay una gran fila de gente esperando para entrar en la iglesia. Algo pasa, pero no se qué será. Unos turistas rusos me piden que les tome una foto y aprovecho para conseguir información. Me cuesta un poco comprender lo que dice, pero el hombre se esfuerza y al final consigo averiguar que durante el día de hoy y dos días más se puede venerar la reliquia de un santo y de ahí la gran afluencia de público beato ortodoxo.

    Volvemos a cenar al Arbat. Buscamos uno que sea asequible en precio. El  más asequible está hasta arriba de gente, así que entramos en otro de comida georgiana. Cenamos bastante bien. Después de la cena volvemos en metro al albergue.

Itinerario

DIA 13.- MOSCU.

    Hoy realizamos la visita del Kremlin. En la cena de anoche gastamos los últimos rublos de los que disponíamos, y dado que no se puede pagar la entrada al recinto con tarjeta (no se puede pagar casi en ningún sitio en Moscú con tarjeta), tenemos que acercarnos a un cajero a sacar algo de dinero.

    La compra de entradas no va a resultar nada fácil, ni barata. La entrada cuesta 350 rublos, más otros 350 de una audioguía que Ana considera imprescindible. Yo paso de las audioguías, no me gustan. Me resulta muy pesado estar escuchándolas y además esta solo la puedes tener dos horas y es en inglés. Finalmente, después de ir de ir de una ventanilla a otra, conseguimos las entradas. Accedemos al recinto del Kremlin por la puerta de la Trinidad, después de cruzar unos detectores de metales y dejar la mochila en una consigna. En el camino pasamos por delante del feísimo y discordante edificio del palacio de congresos que han construido en el lugar. Con la entrada tienes derecho a visitar el recinto de las catedrales. Los guardias se ocupan de que no te salgas de la zona permitida, ni que cruces por otro lugar que no sea un paso de cebra. La plaza está repleta de gente. La que tiene la fila más larga para acceder es la catedral de la Asunción. En el resto de catedrales también hay bastante gente. 

    Terminada la visita, salimos a comer. Después, visitaremos la Armería. Las entradas se pueden sacar en el mismo lugar que la entrada al Kremlin, pero no suele haber casi nunca. Un guía turístico, que va a la caza de clientes, nos comenta que si queremos ver la armería sólo vamos a poder hacerlo con guía, ya que las entradas para individuales se han agotado. Y efectivamete, están agotadas en la taquilla del Kremlin, pero no en la taquilla de la armería donde las compramos sin el más mínimo problema (350 rublos) para acceder a partir de las cuatro de la tarde. En la armería se pueden ver colecciones de ropa de los zares, tronos, carruajes, coronas y joyas. Lo más llamativo (aunque todo es llamativo), son los huevos Fabergé, huevos realizados en oro, diamantes y otros metales y piedras preciosas que se regalaban los zares con sorpresas dentro (el joyero Fabegé fue quien inventó los huevos kinder que ahora se comen los niños). Por una puerta de la armería se accede a la colección de diamantes, previo pago de otros 350 rublos. Ya están cerrando, así que no podemos acceder, y tampoco es que tenga mayor interés.

    Después de la visita al Kremlin y la armería, descansamos en el cesped del Alexandroski sad, junto a la torre de la armería. No me resulta nada cómodo estar sentado en el suelo. En general necesito que mi culo esté por encima de mis rodillas, así que me acerco a sentarme a un lugar en el que sí se cumplen estas condiciones. Allí entablo conversación con un chaval de Málaga que está realizando allí su tesis. Se ve que conoció a una chica rusa en España, y pidió una beca de investigación en Moscú para estar con ella. Mi primera pregunta es sobre cómo aguanta el frío del invierno. En Málaga el invierno casi no existe. En Madrid se pasa el invierno regular, pero en Moscú hace muchísimo frío (una hola de frío asola la ciudad mientras escribo este relato con temperaturas de 40 bajo cero). Ellos me comentan que no es para tanto. Discrepo. Sí tiene que serlo. No soy capaz de hacerme una idea de lo que pueden ser 20 bajo cero, así que mucho menos 40. Me recomiendan unos cuantos sitios para cenar. Por no hacerles el feo, los anoto, pero se que en el momento que haya que andar un poco para llegar a ellos mis compañeros van a declinar la opción, como así sucede. Seguimos la muralla del Kremlin por los jardines hasta llegar a la tumba del soldado desconocido. En unas urnas de mármol negro se encuentran escritos los nombres de seis ciudades rusas que resistieron heroicamente el asalto de los nazis. Nosotros nos hacemos la foto en la urna de Leningrado (ahora San Petersburgo). Nos sentamos sobre ella para posar. Un soldado se acerca a nosotros a llamarnos la atención. No podemos estar allí. Después parece que le hecha la charla a uno de los soldados que están de guardia. Chave, Ana y Mónica se sienten mal. Pobre soldado, le están echando la bronca por nuestra culpa, piensan ellas.

    La luz del atardecer viste de naranja los edificios que nos rodean. Estamos ya junto al museo de historia, a la entrada de la plaza roja. Un bonito edificio de color rojo, anaranjado ahora por el sol. Al fondo se divisa la catedral de San Basilio, lo que yo siempre he considerado el símbolo de Moscú y de toda Rusia (además del frío, claro). No puedo evitar la alegría. Estar aquí es algo con lo que he soñado desde pequeño, desde que veía en el telediario los desfiles militares o la celebración del 1º de mayo. Subimos la pequeña cuesta que conduce a la plaza. Allí está todo, en su sitio: las murallas del Kremlin junto al mausoleo de Lenin, con la catedral de San Basilio al fondo; frente al Kremlin los grandes almacenes GUM y el museo de historia que cierra la enorme Plaza Roja. Cada 5 pasos paramos a hacernos una foto hasta que llegamos a la catedral.

    A la entrada de la plaza Roja desde los jardines de Alejandro, se encuentra el kilómetro 0 de Rusia, lugar desde donde empiezan a contar los kilómetros. La gente que llega aquí tira unas monedas por encima de su cabeza. Trae suerte según me comenta uno de los vendedores de shapcas (los típicos gorros rusos) con el que estamos hablando. Lo que me llama la atención que tan pronto como las monedas han caido al suelo dos señoras se encargan de recoger los rublos. Contrasta terriblemente el despilfarro de unos, para quienes los cuatro o cinco rublos que lanzan por encima de su cabeza no significan nada, con lo importantes que deben ser esos mismos rublos para las dos babushkas que están allí recogiéndolos. 

    Volvemos a cenar a los jardines de Alejandro. En el centro comercial que hay bajo la plaza entramos en un establecimiento que parece un restaurante italiano. Es una especie de buffet en el que se puede elegir lo que quieras de lo que hay. A la hora de pagar, te pesan el plato y pagas 50 rublos por cada 100 gramos que contenga éste. Conseguir un plato relativamente saciante resulta algo caro. Hemos comido mejor en otras ocasiones. Tras la cena volvemos a la Plaza Roja. Ya es de noche. La iluminación también le da un gran encanto a la plaza. No podemos resistirlo y tomamos más fotos antes de volver al albergue.

Itinerario

DIA 14.- MOSCU.

    Según la planificación del viaje que yo tenía, que a estas alturas ya se que no sirve para nada, hoy teníamos que haber visitado las ciudades del Anillo de Oro. Teníamos que haber recogido a las nueve un coche en la estación de Bielorrusia. Nos levantamos tarde. La intención es visitar la momia de Lenin. Según salimos del albergue voy temiendo no poder realizar la visita, ya que las horas para ver la tumba de los rusos ilustres son muy pocas y es mucha la gente que hay.

    Al llegar a la plaza vemos una larga cola, aunque parece que sí podremos entrar ya que se accede en grupos grandes. Mientras esperamos en la fila, me acerco a la tumba del soldado desconocido, donde están haciendo el cambio de guardia. Luego unos novios piden permiso al oficial para dejar junto a la tumba el ramo de flores de la novia. Parece ser que es costumbre de los recién casados realizar este trámite.

    Seguimos esperando la nuestro turno para entrar. Prácticamente nadie se ha colocado tras nosotros, que somos casi los últimos. Esto me hace pensar que ya no podremos acceder al interior del mausoleo. Me acerco hacia la entrada. Hay un grupo de españoles que están a punto de entrar. Comienzo a hablar con ellos. A decir verdad mi intención era conseguir que nos colasen a los cinco, de hecho, uno de ellos me pregunta cuantos somos con esa intención, pero cuando respondo que somos cinco, ahí queda la cosa. Uno de los guardias se acerca con un megáfono a la fila. Creo entender que se ha terminado ya la posibilidad de visitar a Lenin. Le pregunto, y me confirma rotundo que hoy ya no es posible visitar el mausoleo. Informo de ello al grupo de españoles y a los dos italianos que están delante de ellos. Iban a ser los siguientes en pasar, pero cuando les doy la noticia del fin de la hora de vista, la cara que se les queda es de antología. Se han quedado con la miel en los labios. Intento hablar con el policía para ver si puedo entrar de estrangis, pero hace como que no me escucha. Aviso a mis compañeros. Mis temores al principio de la mañana se han confirmado. Si estaba claro.

    Hacemos la visita del centro de Moscú. Chave es quien nos guía. Visitamos los edificios más interesantes que hay por el centro, incluido el edificio de la temible KGB, terminando la ruta en la plaza de la Revolución, donde se encuentra el gran teatro Balshoi, que ahora están restaurando. En un momento de la ruta hemos entrado en un local ambientado como un pub inglés. La zona en la que estamos es donde se encuentran la mayoría de los edificios gubernamentales del país y los clientes del local tienen un cierto aire yuppy. Las chicas que atienden son auténticas mujeres florero. Son chicas jóvenes y atractivas a las que hacen llevar una minifalda bastante corta. Me hace mucha gracia la pose que tienen cuando no están haciendo nada. Son algo así como las chicas de telecupón, pero a aquellas les falta toda la gracia y simpatía que tienen las españolas. Son terriblemente siesas y desaborías y la actitud no cambia cuando te están sirviendo. Por cierto que el sitio no es nada barato.

    Me preguntan por el coche que íbamos a alquilar para visitar las ciudades del Anillo de Oro. Era hoy cuando teníamos que haberlo recogido. Proponen ir mañana a visitar el Anillo de Oro. A mi,  a estas alturas, ya me da lo mismo. Teniendo en cuenta que no son capaces de levantarse pronto, que no son capaces de ponerse en marcha con agilidad y que las ciudades están un tanto retiradas de Moscú, veo que si hacemos la visita, va a ser más bien corta, por lo que preferiría quedarme viendo Moscú, y aprovechar para ver el museo de historia. Pero no se lo digo, en su lugar suelto mi típico y resignado "lo que querais". Así pues, vamos a la estación de Bielorrusia a buscar la oficina donde teníamos que haber retirado por la mañana el coche. La plaza es enorme, pero damos con el lugar rápido, sin embargo, en la oficina no hay nadie. Esperamos un rato a ver si llega alguien, pero no es así. Gustavo y Ana llaman por teléfono. Parece ser que hay suerte y que mañana dispondremos de un coche, aunque hay que recogerlo bastante lejos. Buscamos un lugar donde cenar. Vemos un sitio que tiene buena pinta, una especie de taberna, pero no hay sitio, está repleto de gente viendo un partido de fútbol. Al final cenamos en una especie de restaurante de comida rápida donde sirven patatas asadas con guarnición. Muy ricas. Volvemos al albergue.

Itinerario

DIA 15.- MOSCU - SUZDAL - MOSCU.

    Hoy sí nos levantamos algo más temprano. Tenemos que ir a recoger el coche muy lejos del centro, aunque por fortuna el metro llega hasta allí. En realidad creo que el metro llega a todas las partes. El metro de Moscú funciona igual de bien que el de San Petersburgo, aunque las estaciones son mucho más monumentales y me da la sensación de que hay muchísima más gente, que en esta ciudad no da la impresión de triste, me parece más a lo que puedo ver en Madrid, aunque sí me parecen igual de mal educados que en Peter. La mala educación la veo en la forma en que se tratan entre ellos, ya que en lugar de pedir paso, se apartan unos a otros mediante empujones. Siendo así, me sorprende que cedan sin dudarlo los asientos reservados para embarazadas, ancianos y enfermos.

    Hemos conseguido un Ford Focus por 120 euros, un poco caro, pero tampoco demasiado. Mientras nos están tomando los datos, me piden el pasaporte como segundo conductor. Al ver mi nombre me recuerdan que tenía reservado un coche ayer y que me estuvieron esperando en la estación de Bielorrusia durante dos horas. Lo sé de sobra, y se que no tengo escusa, pero no se que decir. Aún así, no pasa nada, en realidad así funciona lo del alquiler de coches.

    Pues ya tenemos nuestro coche. Ahora tenemos que conseguir salir de la ciudad. Nos indican que debemos tomar el gran anillo y después la carretera a Nizhni Novgorov. El tráfico es tremendamente denso. Las indicaciones que nos han dado no son del todo correctas y terminamos perdiéndonos, pero tras un par de vueltas ya estamos de nuevo en el buen camino...y en el atasco. La salida de la ciudad por esta ruta tiene un tráfico tremendo. Estamos atascados unos 40 kilómetros. Después la carretera se despeja, no se muy bien por qué. La carretera es amplia, y en todo el trayecto no hay ni una sola curva, ni un solo repecho. Atravesamos pueblos modestos, aunque con mucho movimiento de gente que hay junto a la carretera esperando autobuses. 

    Llegamos sin mayores problemas que el atasco a Suzdal, la única ciudad del Anillo de Oro que vamos a visitar. En realidad, tampoco es que podamos visitar muchas más, dada la hora que es. Aparcamos sin problema junto al mercado. Me acabo de dar cuenta que se me ha olvidado traer la información y el mapa de la ciudad. En la guía de Gustavo no dice gran cosa, y además ya nos ha fallado en más de una ocasión, así que no confiamos mucho en ella. Junto al mercado las babushkas venden frutas en salmuera: pepinillos, cebollas y hasta zanahorias. Los pepinillos son el aperitivo preferido de los rusos. A decir verdad Suzdal no nos parece tan interesante como dice en todas las guías, y siendo ésta la joya de las ciudades del Anillo, nos da que pensar. Entramos en un museo al aire libre, de estos típicos del norte en el que puedes ver construcciones típicas de la zona. Poco más hay. 

    Hablo con un italiano que está también de visita. Parece que está con una chica rusa y ha aprovechado para visitar el país. Me cuenta que han pasado la noche en un monasterio que hay en la ciudad. Están comprando unas botellas de una bebida típica de Suzdal. Compro una para probarla. Es cerveza con miel. No me gusta mucho.

    Tras tomar algo en un bar, que nos han cobrado a precio de oro, volvemos al coche. Antes de partir, entramos en una tienda de ultramarinos a comprar provisiones para la cena y el almuerzo de mañana, último día en el país. Compramos una galletas, unos panecillos y unas lonchas de queso. Al comprar las lonchas de queso me pregunta si lo que quiero es un paquete o una loncha. No sabía que se pudiesen comprar las lonchas de una en una. Un paquete, claro. Ana, cuya familia tenía en el pueblo una tienda similar, nos comenta que eso es síntoma de que las cosas no van bien. En su pueblo, sólo podía comprar una tableta de chocolate los que tenían dinero. El resto tenían que conformarse con una onza, o sea, uno de los cuadraditos en los que vienen divididas las tabletas de chocolote. Parece que aquí es lo mismo y pocos pueden permitirse el lujo de comprar un paquete de lonchas de queso.

    Por la carretera de Suzdal a Vladimir un policía nos indica que nos paremos. Lleva un radar en la mano, así que parece que es que íbamos a demasiada velocidad, aunque no teníamos esa impresión. Paramos bastante alejados de él, y mientras se acerca al coche, Chave, la conductora, nos informa a todos que no lleva el carnet. El policía nos dice que íbamos a una velocidad cuando la permitida es otra inferior y que le demos la documentación del coche. Como Chave no lleva su carnet y eso nos puede dar problemas, le doy mi carnet y la carta que me han dado en la compañía de alquiler de coche autorizándome a conducir ese coche. El policía, que no es tonto, nos solicita el carnet de Chave. Chave sale del coche he intenta explicar al policía que el carnet lo tiene en el hotel en Moscú. Yo no quiero participar, a ver si con la historia de que somos guiris nos deja ir sin más. Parece que no. Chave lleva un buen rato hablando con el policía en el universal idioma de los gestos y creo que no se entienden, así para evitar que pueda pasar algo que nos estropee el día, salgo a hablar con el poli. Me pide su carnet y le explico que lo ha olvidado en Moscú. Me pide que le acompañe al coche a firmar la multa. En su coche me muestra un libro, que debe ser la tarifa de multas, pero la verdad es que no entiendo nada de lo que pone. El policía me dice que podemos pagar aquí o en Moscú. Yo le digo que envíe la multa a la compañía de alquiler y que ellos ya me la pasarán a mi. Al final, un tanto aburrido nos dice que nos marchemos. 

    De vuelta en el coche todos echamos la bronca a Chave: ¿cómo se le ocurre conducir sin el carnet? y lo que es peor ¿por qué no nos informa de ello?. Afortunadamente no ha pasado nada, pero sí podrían habernos llevado a comisaría o cualquier otra cosa, y con las dificultades del idioma, lo mismo perdíamos el vuelo de vuelta a Berlín al día siguiente o yo que sé. Sin embargo, Chave en ningún momento, ni ahora ni en el futuro será consciente de lo que podría haber pasado y no pasó.

    Seguimos por la carretera sin problemas de tráfico. Los carriles de ida están completamente atascados y en un momento, parece que tan desbordados que los coches han ocupado uno de los carriles de nuestro sentido y nuestro arcén. La sensación es muy extraña ya que aparecen coches en dirección contraria a la mía por todas partes. No sabemos si esto de invadir los carriles del otro sentido y su arcen, dejando sólo un carril para el sentido contrario será costumbre por aquí. De vuelta en Moscú, las obras nos dificultan la ruta de llegada a nuestro albergue. Comenzamos a dar un millón de vueltas por la zona del jardín botánico, preguntando a unos y otros, pero no somos capaces de dar con el lugar correcto. Finalmente, volvemos al centro para tomar la Porspierk Mira (Av. de la Paz), y haciendo una pirula para sortear las obras, nos ponemos en el camino correcto. Después, siguiendo las indicaciones de los carteles, encontramos el albergue fácilmente. En total, desde que llegamos a Moscú hasta que estamos en nuestra habitación, han pasado dos horas. Nos hemos perdido bien.

Itinerario

DIA 16.- MOSCU - BERLIN.

    Hoy si nos levantamos pronto. Antes de ir al aeropuerto queremos intentar de nuevo ver la momia de Lenin. En el metro llegamos rápidamente, aunque ya ha gente esperando la fila para entrar, pero esta vez sí que veo posibilidad de que podamos entrar, aunque vamos a estar muy justos y no nos vamos a poder recrear. Por fin llega nuestro turno. En el detector de metales nos piden que dejemos las mochilas, las cámaras e incluso los móviles que lleven cámara de fotos en la consigna.

    Ya estamos dentro. Lo primero que se visita son las tumbas de algunos ilustres rusos y otros presidentes de la Unión Soviética. Algunos nombres nos suenan muy familiares, otros no los hemos oído en nuestra vida. Entramos en el mausoleo. Está oscuro. Un soldado muy serio nos hace la señal de silencio y nos señala el camino a seguir. Es un lugar fresco. Llegamos a una sala amplia en cuyo centro se encuentra la urna con la momia del primero de los presidentes de la Unión Soviética. Tiene una de sus manos está cerrada mostrando el puño, símbolo de los comunistas. Hay cierta controversia con si debería ser enterrado o no, y sobre si es de verdad el cuerpo de Lenin o una figura de cera. Probablemete sea su cuerpo arreglado con cera. Seguramente en el futuro lo terminen enterrando. Es curioso, las momias de Egipto las muestran sin ningún problema y hasta con orgullo, y sin embargo, con la de Lenin, hay discusiones sobre si se debería seguir mostrando o no. Al fin y al cabo Tuthankamon y Lenin son personas muertas. Lo único que les diferencia es que uno murió mucho antes.

    Antes de volver, aprovechamos para las últimas compras: camisetas, matrioshkas (muñecas rusas), y shapkas uchankas (los gorros rusos), todo muy rápido, pero regateando para ahorrar unos rublos. En el albergue, recogemos las maletas, cargamos el coche, y ponemos rumbo al aeropuerto de Vnukovo, situado a unos 30 kms. al sur de la ciudad. En lugar de tomar la periférica, que el día anterior estaba totalmente colapsada en alguno de sus puntos, decidimos ir por el centro, cruzando los anillos. Moscú, está construida en anillos concéntricos. El primero alrededor del Kremlin. Por aquí no hay casi tráfico, aunque tardamos bastante en cruzar Moscú. Es un ciudad muy grande. Ya hay carteles indicando la dirección al aeropuerto. En las afueras de la ciudad los edificios son más nuevos y más mastodónticos. Deben tener unas 25 plantas y casi 500 metros de largo. En Madrid no estoy acostumbrado a algo así, aunque supongo que con lo grande que se está haciendo la ciudad y la cantidad de gente que llega constantemente, en unos años no habrá más remedio que construir estos inmensos edificios para poder vivir todos.

    A la entrada del aeropuerto nos están esperando de la agencia de alquiler para llevarse el coche. Bueno, esto se acaba, pero aún tenemos que esperar para entrar a la zona de embarque. Hasta que no abre el mostrador de facturación no puedes entrar. Después, pasamos los trámites de aduana, en el que únicamente nos ponen un sello de salida del país sobre el visado, y de seguridad, en el que nos hacen descalzarnos a todos sistemáticamente para pasar el calzado por rayos X. Oficialmente hemos abandonado Rusia. Ahora estamos en "tierra de nadie", y en este aeropuerto no hay más que una tienda, así que como no podemos matar el tiempo mirando tiendas lo matamos comiendo en el restaurante que hay, que tiene unos precios normales de aeropuerto: caro, aunque menos que en otros países. 

     Tras un par de horas llegamos al aeropuerto de  Berlín-Schönefeld, situdado al sur este de la ciudad, bien comunicado por transporte público . Recogemos nuestros equipajes sin problema y nos dirigimos al metro. No hay taquillas, sólo una máquina que no da cambio. Nos cuesta bastante conseguir el billete. Al final hemos optado por el más barato (2,5 euros), aunque nos estamos seguros de que sea el que necesitamos. Esperamos a que llegue el tren, que tarda unos 15 minutos. Cuando llega el revisor lo único que hace es escribir la fecha y hora en los billetes. Parece que acertamos, pero se nos pasó validarlos. Los  billetes sirven para cualquier tipo de transporte en la ciudad dentro del plazo de una hora. 

    Para los últimos días de viaje, y dado que yo voy a estar menos tiempo que mis compañeros, decidí alojarnos en un hotel Etap, que ya conozco de los viajes que hemos hecho en el pasado por Francia y Alemania. Son hoteles económicos y limpios, que suelen estar situados a las afueras de la ciudad, generalmente en polígonos industriales. Su principal inconveniente es que suele ser difícil llegar a ellos si no dispones de un coche. Hay varios en la ciudad de este tipo, todos situados en las afueras, salvo este, que se encuentra justo en el centro, a pocos pasos del Checkpoint Charlie. El único problema es que, aunque dispone de espacio para tres personas, sólo permiten que la tercera persona sea un niño, por lo que para no llamar la atención y evitar problemas, decidimos ir en tandas a dejar las cosas. 

    Una vez acomodados, salimos a cenar. Vamos hacia el Checkpoint Charlie, el lugar que servia de frontera entre el Berlín oriental de los rusos del Berlin occidental de franceses, ingleses y americanos, y que en las películas de espías servía de lugar de intercambio de prisioneros. Ahora, como atracción para los turistas, hay un pequeño puesto de vigilancia y el cartel escrito en inglés, francés, alemán y ruso que te informa: "usted está abandonando el sector americano". Hay un museo y la calle está repleta de bares. Cenamos en uno de ellos. Es un local amplio en el que hay cuatro barras de comida rápida: árabe, italiana, americana y bocadillos. Tras la cena Gustavo, Chave y Mónica, que están muy cansados, deciden volver al albergue a dormir. Yo no quiero volver aún, me apetece dar una vuelta. Ana se queda conmigo y vamos hacia la puerta de Brandenburgo, lo que yo siempre he considerado el símbolo de Berlín. En el camino oímos música en un local, así que entramos. Es una exposición de las diferentes marcas que fabrica Mercedes. Un tío normal se quedaría flipado viendo esos coches. Yo sólo experimento esa sensación cuando veo las furgonetas. Increibles. Hay un pequeños concierto de música pop. Lo escuchamos mientras visitamos el lugar. Después el grupo cambia. Ahora la música es tipo new age, con palos de lluvia y chapoteos en el agua. El sonido de una de las canciones se produce metiendo unos tubos en un cubo de agua. Me han dejado alucinado. 

    Proseguimos el camino hasta la plaza de París, donde está la puerta de Brandenburgo. El lugar ha cambiado terríblemente desde que estuve aquí por primera vez hace ya ocho años. Por aquel entonces la plaza estaba sin asfaltar, y con poca gente. Al otro lado de la puerta no había nada, salvo el Bundestag (parlamento alemán), que estaban restaurando. Hacía poco que Alemania se había reunificado. Creo que por aquel entonces la capital era aún Bonn. Ahora los edificios son nuevos, de diseño. La plaza está repleta de gente, así como la calle que parte de la plaza, Unter den Linden y que conduce a la Alexander Platz.

    Ahora ya es también algo tarde para nosotros dos. Volvemos al hotel. 

Itinerario

DIA 17.- BERLIN.

    No nos levantamos muy pronto. Aunque en el hotel podemos desayunar, elegimos un bar que hay justo en frente del hotel. El desayuno está bien, pero cuando terminamos con él son casi las 12. Nos ponemos en marcha. Tenía idea de hacer algunas visitas, pero creo que ya no va a ser posible por la hora que es. Vamos hacia la puerta de Brandenburgo para luego tomar Unter den Linden hasta el final. Justo antes de llegar, en lo que yo recordaba como una zona vacía, ahora hay un monumento en memoria de los judíos muertos en Europa por los Nazis. Es un monumento que consta de 2.711 monolitos de hormigón negro de distintas alturas que ha costado 27,6 millones de euros. En la parte baja hay un museo en el que se explica el proceso de exterminio de los judíos en Europa. Mis compañeros deciden hacer la visita con la audioguía. Yo prefiero ver el lugar y leer los carteles explicativos. En los últimos viajes que he hecho veo que los judíos se preocupan bastante por que no se olvide lo que sucedió, con numerosos museos que recuerdan los sucesos ocurridos en la época más terrible de la historia de Europa. La visita del monumento ha lleva más tiempo del que yo esperaba, así que definitivamente renuncio a la visita que tenía pensada para el día de hoy. Otra vez será.

    Seguimos el camino por la puerta de Brandenburgo, hasta el monumento a Monumento a los soldados soviéticos, que tomaron Berlín en la Segunda Guerra Mundial. A pocos pasos de allí se encuentra el Reichtag, el parlamento, en el que veo que han construido una cúpula de cristal. Continuamos por Unter den Linden hasta la Catedral de Berlín, donde mucha gente está tumbada en el cesped del parque disfrutando del tímido sol que asoma entre las nubes. En el puente sobre el río Spree unos trileros están tratando de enganchar a un guiri. Al final cae. Me resultó sorprendente ver como todos se avalanzaron sobre él para que no se echase atrás. Creo que el guiri se asustó, pero como dijo Ana, "en el pecado tiene la penitencia". Teminamos en Alexander Platz, junto al pirulí. El camino de vuelta lo hacemos por una calle paralela a  Unter den Linden, que no tiene nada de especial interés, salvo que conduce a la Gendarmenmarkt, una plaza amplia en el que se encuentran dos iglesias gemelas (la Catedral alemana y la Catedral francesa, de estilo neoclásico con altas cúpulas a los lados y el elegante edificio del teatro entre ellas.  

     Cenamos cerca del hotel, en un restaurante mejicano. Buenos, más que cenar, tapeamos. Poco más da de sí mi último día de vacaciones.

Itinerario

DIA 18.- BERLIN - MADRID.

    Me levanto pronto y tras despedirme de mis compañeros que estarán un par de días más la ciudad me dirijo al metro. El trayecto es el mismo que cuando llegamos, así que todo me resulta familiar, es como si hubiese estado toda la vida aquí. Ya no me resulta extraño sacar el billete, los trenes, nada. El revisor me pide el billete. Sabía que me lo pedirían, como a la ida, por eso lo llevo. En condiciones normales iría sin billete que es lo que han hecho un grupo de cuatro personas unos cuantos asientos más adelante. No llevan billete. Hablan español, pero no parecen españoles. El revisor les hace salir del tren, no se si para multarles o para que compren el billete.

    En el aeropuerto hay facturación automática. La sensación de tratar con una máquina me resulta extraña, pero es muy sencillo todo. Más complicado me va a resultar pasar el control de seguridad. Me cada vez que paso pita el detector, así que me pasan el detector chiquitín. Los enganches para los cordones de mis botas son metálicos y pitan. Tengo que descalzarme para que pasen las botas por rayos X. Que cosas. En este aeropuerto no hay demasiadas tiendas, así que hay que esperar sin más. Veo que llegan los cuatro del metro. Vienen también a Madrid, así que debían ser españoles aunque por su acento diría que son suramericanos.

    Un vuelo muy tranquilo, mirando todo el rato por la ventanilla o echando una cabezadita. Desde el aire consigo distinguir la ciudad de Ginebra y el lago Leman, con Jet d'eau intentando alcanzar el cielo,  los Alpes y el Mont Blanc al fondo al fondo. Al llegar a Madrid, según comenzamos la maniobra de aterrizaje veo por la ventanilla cómo cambia el color del cielo casi de repente, de un azul impoluto a un azul grisáceo. La división entre una y otra zona es casi una línea recta. Pienso que deben ser nubes y que abajo no debe hacer buen tiempo. Otro de los viajeros hace un comentario sobre la contaminación. Vuelvo a mirar por la ventana. ¿¡Será posible que eso sea contaminación!?. Hace varios meses que no llueve en Madrid y ciertamente es posible. ¡¡Que asco!!. Viéndolo de esta manera, con tanto contraste entre un cielo limpio y otro sucio piensas en que no debe ser muy bueno para la salud vivir en grandes ciudades. Poco después veré en los periódicos que, efectivamente, se trata de contaminación y basura que se acumula en la atmósfera debido a la falta de lluvia. Nada más aterrizar envío un mensaje a mis compañeros, avisándoles de que tengan cuidado y no se olviden de sacar el billete para el tren al aeropuerto. Ellos son muy legales, dudo que se les pasase por la cabeza no sacarlo.

    El viaje me ha gustado bastante, pese a haber vuelto a repetir o tripitir ciudades. De los dos viajes que he hecho este año, Egipto con agencia de viajes y todo organizado y este organizado por mí, la verdad es que me quedo con este, pese a que el de Egipto fuese "de lujo". La organización de éste, que me resultó bastante difícil, ha sido todo un éxito. No ha existido ningún problema de ningún tipo y todos los aviones, trenes y alojamientos estaban donde tenían que estar. Puedo estar orgulloso y de hecho, lo estoy. Cuestión aparte ha sido la calidad de los alojamientos, que ciertamente, alguno de ellos dejaba mucho que desear. Es sorprendente que mis compañeros guardan peor recuerdo del albergue de Copenhague que del de San Petersburgo, los peores en los que he podido estar nunca. El resto de alojamientos eran más o menos adecuados. Sí me queda un sabor agridulce ya que considero que no he visto todo lo que querría haber visto y no he hecho todo lo que querría haber hecho. Lo cierto es que mis compañeros, pese a ser una gente fantástica, habérmelo pasado muy bien con ellos, y tener claro que son los mejores compañeros de viaje que uno puede encontrar, no tienen los mismos intereses ni el mismo ritmo que yo a la hora de viajar. Quizás yo soy demasiado entusiasta, o demasiado rígido, no sé, pero cierto es que para ellos las vacaciones son para descansar y eso de tener que levantarse pronto sin ser por obligación, como que no va con ellos. Mis vacaciones son para  para descubrir y conocer, aunque no soy especialmente intrépido.

    En fin, paciencia, que decía mi horóscopo. Estoy cansado. Creo que me jubilo.

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