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VIAJE A EGIPTO. MAYO 2005

 ITINERARIO
DIA 1  MADRID - LUXOR
DIA 2  LUXOR - ESNA - EDFÚ
DIA 3  EDFU - KOM OMBO - ASWAN 
DIA 4  ASWAN - ABU SIMBEL - ASWAN
DIA 5  ASWAN - EL CAIRO
DIA 6  EL CAIRO
DIA 7  EL CAIRO
DIA 8  EL CAIRO - MADRID
DIA 1.- MADRID - LUXOR.

    La idea de viajar a Egipto surgió un año antes, justo cuando volvíamos de la República Checa, en ese momento en el que sabes que ha terminado todo, y comienzas a recordar con los compañeros de viaje los días que hemos pasado con todas sus anécdotas. Al día siguiente todos teníamos que trabajar, y pensar que nuestro siguiente viaje juntos sería a Egipto, era un buen antídoto para poder soportar todo un año de trabajo.

    La preparación del viaje durante todo este año corrió a cargo de Jose, quien a través de una conocida que trabaja en una agencia de viajes consiguió al final el típico viaje a Egipto a un buen precio. Lo único que quedaba era saber cuántos iríamos. A lo largo de todo el año mucha gente nos estuvo comentando, tanto a Jose como a mi, su interés por ir a Egipto. A todo el mundo le parece un lugar fantástico al que siempre han querido ir. Nos daba la impresión de que tendríamos que fletar un barco por el Nilo sólo para el grupo que íbamos a formar nosotros. Sin embargo, uno de los primeros refranes que aprendí en mi vida, que venía como moraleja en un cuento de uno de mis libros de primero o segundo de EGB, es ese que dice que "del dicho al hecho hay un gran trecho", y al final únicamente estábamos Ramón, Jose, Patricia y yo. Posteriormente, se apuntó Ana, con quien ya había viajado el verano anterior a Polonia, y que sabía que no iba a desentonar con el resto de acompañantes. Finalmente, se apuntó también Mónica,  que cerró el grupo. Quizás yo sea el más problemático en este tipo de viajes, ya que me he acostumbrado de tal forma a la independencia de viajar por mi cuenta, que no se si me voy a adaptar a algo tan encorsetado. Y, ciertamente, no es que los viajes que yo preparo sean de estos que dices "me voy y ya veré cuando vuelvo". Lamentablemente, tengo las vacaciones en unas fechas concretas, y para ver lo máximo posible tengo que seguir un trayecto y un programa más o menos ajustado. Cuando sea rico me pienso ir de wokabawk a Nueva Zelanda todo el tiempo que me de la gana.

    Ya estamos todos los que vamos a viajar a Egipto, destino soñado por todos. Quizás mi mayor preocupación sea el calor que voy a pasar en este árido país. Por lo demás, después de haber leído algunos relatos de otros viajeros, y con mi experiencia en los viajes a Turquía y Marruecos, creo que perfectamente podríamos haber viajado por nuestra cuenta, sin necesidad de una agencia de viajes y un viaje organizado, pero la situación actual del mundo nos hace más miedosos de lo que ya somos, por lo que desde el primer momento todos optaron por un viaje de este tipo. Días antes de comenzar el viaje, hubo un par de atentados en El Cairo en el que fallecieron tres turistas. Pese a que mis padres se enfadaron un poco porque "me metía en la boca del lobo", siempre les contestaba que, lamentablemente, en Madríd también pasan esas cosas, así que no puedo ir preocupado por lo que pueda o no pueda pasar. Me voy y punto, sin pensar en nada más, ya que ni en tu propia casa puedes estar tranquilo pues según las estadísticas es el lugar donde más accidentes tienen lugar.

    Hemos aprovechado el puente de mayo para hacer el viaje. Salimos el lunes día 2 a las once. El mostrador de facturación no ha abierto aún pero ya hay una fila considerable de gente que está esperando. Ana y Mónica ya están allí, y al segundo aparecen Ramón, Jose y Patri, acompañados los dos últimos por sus respectivos, que en esta ocasión no nos acompañan. Tardamos bastante en facturar el equipaje, y también en pasar los controles de seguridad para la zona de embarque. El vuelo dura unas cuatro horas y media. Tomo un asiento de ventanilla. Como siempre, me gusta mirar para adivinar por dónde estoy pasando. Esta vez no va a ser posible, ya que las nubes tapan absolutamente toda la península hasta pasadas las islas Baleares. A partir de aquí, el cielo se despeja, y puedo observar claramente el contorno norte de la isla de Cerdeña, y un poco más arriba se ve la isla de Corcega. Al pasar por el estrecho de Mesina, Jose llama la atención para que miremos por su ventanilla el volcán Etna, en la isla de Sicilia. Inmediatamente todas las cabezas del avión giran de un lado a otro para contemplar uno de los volcanes más activos de Europa, después...sólo agua, hasta llegar a Creta, por la que pasamos un tanto alejados, aunque se puede distinguir perfectamente su contorno alargado. Nunca me llamó la atención visitar las islas del Mediterráneo, y después de lo que he divisado desde el avión, creo que será un viaje que deje para el final de mis días, cuando mi avanzada edad me obligue a visitar lugares cálidos.

    Tras el almuerzo, a base de arroz y carne de ternera, entramos en el espacio aéreo egipcio. De nuevo en África. Desde mi ventana lo único que se divisa es arena, sobre la que se proyecta la sombra de unas curiosas nubes pequeñas, redondas y dispersas que asemejan un rebaño de ovejas, aunque aquí no hay nada verde que llevarse a la boca. Por el otro lado del avión se divisa una franja negra, bastante ancha, que tanto Jose como yo pensamos que debe ser el mar Rojo. Según nos estamos acercando, nos percatamos de nuestro error. Es el Nilo, el río que da la vida en este yermo país, flanqueado a ambos lados por una franja verde, surcada por canales rectilíneos, para hacer llegar el agua a los huertos.

    Tomamos tierra en el aeropuerto de Luxor. La sala de llegadas está completamente vacía cuando llegamos, pero al poco tiempo, los pasajeros de los dos o tres vuelos que han coincidido a nuestra llegada abarrotan la sala. Buscamos al guía asistente de nuestra agencia. Parece que se han olvidado de nosotros seis. Al poco, oímos el nombre de nuestra agencia, y allá que vamos. Para entra en Egipto necesitamos un visado. En la agencia nos han cobrado 35 euros por la asistencia para la obtención del visado, cuando creo que no es en absoluto necesario, ya que lo único que han hecho es darnos dos pólizas, como sellos de correo, que hemos de pegar en el pasaporte, para luego pasar por el control de policía, donde te los matasellan. Bueno, lo cierto es que ni Jose ni yo nos atrevimos a decir a la chica de la agencia que no nos incluyese ese cargo, ya que nos había dejado el viaje a tan buen precio que ¡¡qué más da 10 euros más o menos!!.

    Tras pasar el control policial, hay que recoger las maletas. Tardan un poco, salvo la de Mónica, que llega un momento en que empezamos a pensar que se ha perdido. El guía nos conduce hasta una pequeña furgonetilla, con asientos para nosotros seis. En los 50 metros escasos que recorremos hasta la furgoneta, varias personas se acercan a nosotros a "ayudarnos" con nuestras maletas, a cambio de una propina, claro. Una vez hemos cargado, salimos de la zona aeroportuaria. Entramos en el Egipto actual, con su caos circulatorio donde las reglas son completamente distintas a las que nosotros estamos acostumbrados. Hay bastante tráfico y nuestro conductor no duda  en invadir el carril contrario, si viene alguien de frente, con tocar el pito, ya está todo solucionado. La carretera está repleta de coches, algunos coches funcionan como autobuses. Se trata de furgonetas, en las que en el remolque se ha puesto un habitáculo con barras en el exterior. Dentro, sentados, van los viajeros que suponemos que han pagado. Fuera, sujetos a las barras, como en los tranvías antiguos, van los que suponemos que se ahorran el precio del transporte. De vez en cuando la carretera está cortada por un control policial. Hay policía turística, vestido de blanco, cada 50 metros, aunque no se muy bien si en realidad servirá de algo. 

    Una vez llegamos al muelle, un guía diferente, de nombre Yusuf, nos está esperando. Para llegar a nuestro barco hemos de cruzar otros tres antes. En el Nilo, los barcos de turistas atracan paralelos a la orilla, y cuando la orilla está completa, paralelos a los otros barcos, de tal forma que la puerta de salida de un barco coincide con la de entrada a otro barco. Somos los primeros en llegar. Tenemos todo el barco para nosotros. Nos lleva directamente al salón, donde, como bienvenida, nos ofrecen karkadé, una bebida de color rojo. Rellenamos una pequeña ficha con nuestros datos. La cena es a las ocho, y no vamos a hacer nada más en el día de hoy, por lo que pregunto si es posible salir del barco a dar una vuelta por Luxor. La respuesta es que al ser hoy un día de fiesta hay mucho egipcio por la calle, por lo que es posible que nos molesten, así que nos recomienda quedarnos en el barco y no salir. La idea de quedarme en el barco tocándome la barriga no me parece demasiado atractiva, así que insisto, y pregunto sobre las molestias que nos pueden dar los muchos egipcios que hay por la calle: ¿es peligroso? ¿nos van a robar según salgamos del barco o algo peor?. "No, no, no" responde Yusuf, salvo que al ser turistas, los vendedores intentarán que entremos en sus tiendas y los de las calesas que demos un paseo con ellos, vamos, lo normal para un turista en el mundo árabe. Parece que fuera se está relativamente seguro, salvo por los típicos inconvenientes de ser turista.

    Mientras esperamos a la hora de la cena, damos una vuelta de reconocimiento por el barco. No hay gran cosa: en la cubierta superior o terraza, hay un bar, un par de máquinas para hacer ejercicio, mesas y sillas, y una piscina que parece grande, pero que en realidad no tendrá más de 2x3 metros. En la planta de abajo se encuentra el salón. La siguiente planta tiene la cabina de mando y camarotes, que es donde están los nuestros. En la primera planta se encuentra la recepción y más camarotes. Finalmente, en el "sótano" está el restaurante y una pequeña tienda de recuerdos para turistas. Es casi la hora, así que esperamos a que abran el restaurante. Somos los primeros en entrar, aunque no tiene mucho mérito, pues también somos los únicos. Poco a poco llegan más gente, pero en total no seremos más de 15 personas en el comedor. También llegan Rafa y Camen, dos chicos de Córdoba que acaban de casarse y están de luna de miel en un viaje de 15 días. Los han sentado en la mesa con nosotros ya que vienen por la misma agencia mayorista. Nosotros ocho seremos un grupo, con guía exclusivo para nosotros.

    Después de la cena subimos a la terraza. Hace fresco, típico de las noches en el desierto. Desde la terraza veo que hay cerca del barco lo que parece ser una verbena y multitud de gente deambulando por las calles. No me resigno a quedarme en el barco. Pregunto a todos si tienen intención de salir, pero contestan que nos han dicho que mejor nos quedemos en el barco. Insisto, pero no están por la labor, así que les digo que yo si voy a salir del barco a dar una vuelta. Ana me apoya un poco diciendo que en el barco poco vamos a hacer. Parece que esto a animado algo a todos a salir. No obstante, antes de salir bajo a preguntar en recepción si el barco va a estar atracado en el mismo lugar, ya que mientras cenábamos nos hemos percatado que el barco ha cambiado de lugar. También le pido información sobre lo que vamos a hacer mañana. Muy amablemente me responde a todas mis preguntas e incluso me apunta el nombre del barco y el teléfono en una nota, con el alfabeto latino y árabe. Lo que más me ha sorprendido es que nos hemos de levantar a las 4:30. Mi inglés no es muy buenos, lo mismo he entendido mal, pero me lo escribe para que no haya duda. Informo a mis compañeros. ¿¡¡¡a las 4:30!!!? ¿como nos van a levantar a esa hora?. Pues bajad vosotros, que sabeis más inglés que yo y preguntad para aseguraos. Tras la verificación salimos del barco.

    Efectivamente, nada más pisar tierra un conductor de calesa llama nuestra atención. Nos dice que por uno o dos euros, no recuerdo bien, nos da un paseo por el mercado a los ocho. Ocho personas en una calesa para cuatro vamos a ir un tanto incómodos, pero nos dice que enseguida llama a otra. Montamos los ocho en la calesa de la mejor manera posible, y recorremos unos metros hasta llegar a un lugar donde hay más calesas. Allí nos trasladamos a otra calesa. Nos dan una vuelta por Luxor que está abarrotada de gente, con todas las tiendas abiertas. Nos conducen por el mercado de frutas y verduras donde la mercancía que está colocada directamente sobre el suelo, es seleccionada por los compradores mediante el típico manoseo que hasta hace poco llevaban a cabo nuestra madres y abuelas en los mercados.

    La vuelta no es especialmente larga y pasamos un par de veces por los mismos sitios. La ruta termina en una tienda de papiros. "hoy fiesta" dice "hoy todo al 50% para vosotros". En la tienda nos dan una escueta y rápida explicación de cómo se preparan los papiros: la planta del papiro se corta, se mantiene en agua hasta que se ablanda y luego se machaca hasta sacar una tira fina que se teje con otras tiras hasta formar una hoja que se prensa y se seca. Sobre la hoja de papiro se hacen a mano diferentes dibujos de brillante colorido. Lo cierto es que hay papiros muy bonitos y de todos los tamaños que van desde las 30 libras egipcias (4,5 euros) los más pequeños, hasta creo recordar que los 50 euros. Hay que tener en cuenta, que por ser nosotros tan majísimos, hoy nos cobran solo el 50% del precio indicado. Por cierto, que es en el único lugar que por lo menos había precios en los papiros. Después no vi ninguno más. Estoy dudoso, no se si comprar un par de papiros que he visto, tampoco se si están bien de precio, pero total, por 30 libras, fon ferloguen sum flus (de perdidos al río), que yo digo. Que más da, este viaje lo hago de guiri. Jose se ha encaprichado de un papiro más oscuro, muy grande, con un bonito dibujo. Regateando consigue sacarlo por unos 28 euros. Lo cierto es que durante todo el viaje no volvimos a ver un papiro de este estilo y el que ha comprado Jose está pero que muy bien. Después de pagar, vamos hacia la salida de la tienda, pero nos llaman la atención diciendo que aún hay que ver la planta de arriba donde podremos comprar joyas y otras cosas.

    Aquí yo no compro nada. Jose, en plena fiebre consumista, compra los primeros cartuchos con el nombre en egipcio de dos amigos. Un regalo. Ramón se compra una chilaba blanca por 12 euros, después nos enteraríamos que una chilaba buena no debe costar más de seis euros (en el barco, que se supone que es más caro todo, la venden por 8 la más cara). Bueno, hemos pagado todos la novatada, menos Mónica y Ana, ya que Mónica viene aleccionada desde Madrid que sólo debe comprar en un lugar en concreto del gran bazar en El Cairo, pero eso lo contaremos más adelante.

    Estoy cansado de estar en la tienda y salgo un rato a tomar el aire. Doy un pequeño paseo por las tiendas que hay alrededor. En una tienen un gran manojo de cañas de azúcar que introducen en una máquina y sale un zumo que te sirven en un vaso por una libra. No tengo billetes pequeños. Cuando cambiamos en el aeropuerto se me olvidó pedir billetes pequeños, y nos dieron billetes de 100 libras, que en Egipto es una fortuna. Vuelvo a la tienda donde aún no han terminado de hacer las compras, aunque ya queda poco. 

    De nuevo en las calesas volvemos al barco. No estoy del todo satisfecho con lo que he hecho, ya que la mayoría del tiempo hemos estado dentro de la tienda comprando regalos, lo que va a dejar una buena comisión al calesero que nos a llevado allí. Ya son más de las 12, así que no insisto en dar otra vuelta a pie. Nuestro guía para el viaje, el sr. Ashraf, no ha llegado aún y en recepción no saben cuando llegará. Esperamos un rato en el salón tomando una cerveza, pero teniendo en cuenta que nos hemos de levantar a las 4:30, a eso de la una nos retiramos todos a nuestros aposentos.

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DIA 2.- LUXOR - ESNA - EDFÚ.

    El teléfono de nuestro camarote suena a las 4:30. Nos levantamos relativamente tranquilos y bajamos a desayunar. Mientras comemos conocemos a nuestro guía, que prácticamente acaba de llegar. Se llama Ashraf, aunque nos dice que le podemos llamar Rafa. Nos cuenta que a las 5:30 debemos estar en recepción para salir hacia el Valle de los Reyes. Tenemos poco tiempo, pero me lo tomo con tranquilidad, tanto viajar me ha hecho ver que los horarios suelen ser un tanto elásticos. Tras el desayuno vuelvo al camarote a terminar de prepararme para la salida. Jose, llama a mi puerta "que si no vienes, nos vamos sin tí, dice el guía". Pues habrá que ir, parece que nos ha tocado un guía serio. Aun faltan Ana y Mónica que ni tan siquiera han ido a desayunar. 

    En el muelle ya hay vendedores intentando que les compremos gorros para protegernos del sol. Tanta prisa para luego tener que estar esperando un rato hasta que llegue nuestra furgonetilla. Es completamente de día, aunque no me parece que el sol asome aún. La zona que vamos a visitar se encuentra al otro lado del Nilo, que lo cruzamos por un puente que hay varios kilómetros hacia... como no hay sol y no llevo brújula, no se muy bien si hacia el norte o el sur, pero creo que es río arriba. Los controles policiales para la seguridad de los turistas, retrasan nuestra marcha. Según nos acercamos, el guía nos va dando explicaciones sobre lo que vamos a ver y el entorno histórico. Pese a ser pronto, ya hay gente por las calles. Desde el coche distinguimos el templo dedicado a la reina Hatshepsut, que no vamos a visitar. El Valle de los Reyes está situado en una zona completamente desértica, que sin embargo, está plagada de turistas. Nuestro guía consigue las entradas (55 lbs), que permiten realizar la vista del Valle y de tres de las numerosas tumbas que hay en el lugar. El acceso al valle se realiza a través de un detector de metales, que pita al paso de todos y cada uno de los turistas. La  policía ni nos para para registrarnos o cachearnos. Somos turistas y vamos con todo el equipo de turista, así que normal que pitemos. Tras darnos las explicaciones, nos recomienda que visitemos las tumbas de los faraones Ramses IX y otros dos. Nos desaconseja la tumba de Tuthankamon, ya que según parece absolutamente todo lo que había dentro se encuentra en el museo egipcio de El Cairo, y además no es una de las tumbas que están incluidas en la entrada que hemos sacado y hay que pagarla a parte, aunque según he visto en alguna revista de National Geografic, hay los mismo que en las que hemos visitado: los frescos y relieves de paredes y techos y el sarcófago de piedra.

    La primera tumba tiene una pronunciada pendiente, con las paredes decoradas con los motivos egipcios que todos conocemos y el techo pintado de azul, adornado con estrellas amarillas. Al final del todo está la cámara funeraria, donde se encuentra un enorme sarcófago de piedra. La segunda tumba, es poco más o menos igual. La que teníamos previsto visitar como tercera tumba la eliminamos y decidimos visitar la de Tutmosis III. Me sabe mal, porque hubo una reproducción de esta tumba en el museo arqueológico de  Madrid y no pude ir a verla. La tumba de Tutmosis III se encuentra en lo alto del acantilado del valle, por lo que se debe acceder por una escalera. Esta tumba, en lo básico es exactamente igual que las otras dos, sin embargo, la decoración es diferente, como si estuviese alicatada, con los azulejos decorados con motivos egipcios, dibujos simples que me dan la impresión de que estamos en una tumba más antigua que las otras dos. En la guía veo que efectivamente este faraón es anterior a los otros dos. En general me han gustado bastante las tres tumbas que hemos visitado. Pese a haber visto millones de veces en los documentales de televisión y en las revistas estos monumentos, me ha sorprendido el gran colorido que conservan las paredes y techos, aunque parte se ha perdido por el transcurso del tiempo (unos 3000 años) y las inundaciones del Nilo.

    A nuestra salida del Valle, todas las tiendas de recuerdos están abiertas y los vendedores nos intentan vender por 3 euros figuras hechas de alabastro, según dicen. No me interesa. Los vendedores egipcios aceptan sin ningún problema euros, incluso monedas, por lo que siempre conviene ir con billetes pequeños y con bastante calderilla. Tengo algo de sed, quizá por el agobio de pensar que estoy en Egipto, país tremendamente caluroso. La verdad es que no hace calor. La temperatura es bastante agradable, aunque hay que tener en cuenta que son las nueve de la mañana. No obstante, el sol luce en todo su esplendor y es obligatorio el uso de gafas de sol. Compro una botella de agua de 1,5 litros por la que me cobran 10 libras. No regateo. Las pago sin más. Dentro de un rato aprenderé que el precio, ya con un margen más que sobrado, es de 3 libras. En el barco cobran 6 libras. Que manía tienen lo árabes de poner precios de hasta 5 veces mayores que el precio real. No me gusta regatear. Al principio es gracioso, pero luego me cansa, porque una vez que has cerrado el precio, te sueltan alguna para que les pagues más. Si no eres firme en tus decisiones al final pagas lo que no está escrito.

    El Templo de Medinah Habu se encuentra a poca distancia en coche del valle de los reyes. En el lugar donde se sacan las entradas (20 lbs), Ramón y Jose han comprado un turbante por un euro cada uno. No es especialmente caro y según nos dicen, un euro, que no supone nada para nosotros, en Egipto permite tomar un bocadillo y la bebida. A la entrada del templo Ashraf nos da unas cuantas explicaciones sobre la construcción del templo, y en los diferentes patios nos comenta sobre los relieves que vemos a nuestro alrededor. El templo tiene zonas que están bastante deterioradas, y otras, sin embargo, tienen un colorido y un brillo que nos hace trasladarnos 3000 años atrás para imaginar la grandiosidad del lugar. Tras terminar con las explicaciones, nos deja tiempo libre para que tomemos las fotos que queramos y veamos a nuestro gusto el templo. Una vez que Ashraf se ha alejado, cada vez que nos paramos a hacernos una foto se acerca un árabe para figurar con nosotros en la foto y que le demos algo. Otro insiste una y otra vez en que le sigamos, que nos va a enseñar el paraíso, lo cual genera una rápida broma entre nosotros: "sí, primero te pone mirando a la Meca y luego te enseña el paraíso". En un momento que veo que se a juntado a otros turistas para la foto, visito su zona. En seguida aparece junto a mi. Me explica algo sobre lo que significan los frescos, poca cosa, y pone la mano para que le de una propina. Te has equivocado de persona, chato.

    En la siguiente estancia, un chico más joven está sentado. Se levanta de un brinco según me ve acercarme. Tiene una jeringuilla en la mano y me cuenta que es como un médico, y que con la jeringuilla inyecta vitaminas para las piedras. Mete la aguja entre una grieta y aprieta la jeringuilla. "Vitaminas", repite una y otra vez. Yo pongo cara de interesado. "aaaaaaaahhh, vitaminas, ya, ya...". En seguida extiende su mano para que le suelte una propina. Pues va a ser que no.

    Hemos quedado con Ashraf en un bar que hay justo a la salida del templo. Aquí compro otra botella de agua y es donde me entero que el precio es 1,5 litros es de 3 libras, y no las 10 libras que he pagado antes. Pues ya lo sé. En cuanto me vaya haciendo con los precios de las cosas, se van a enterar estos de lo que es regatear. Antes de abandonar esta orilla del Nilo, visitamos los colosos de Memnon, unas estatuas de unos 18 metros de alto, no muy bien conservadas, de dos gigantes sentados, únicos restos de un antiguo templo que se erigía en este lugar. Desde los colosos nos dirigimos al río, donde tomaremos un barquito para ir a la otra orilla. En el camino los niños se nos acercan para que les demos algo o les compremos alguna figurita típica egipcia que te venden como auténtica de alabastro u otra piedra dura, pero que pude comprobar que deben ser de escayola. El barquito en un momento nos ha dejado en la otra orilla, junto al templo de Luxor. Al bajar unos niños se acercan a nosotros para pedir dinero, principalmente. Entregamos caramelos y bolígrafos que llevamos para repartir entre ellos, pero algunos no aprecian estas cosas. Prefieren el dinero. Uno de los niños me coge de la mano, como ayudándome a pasar por la pasarela. A ver chaval, que no te voy a dar un duro por hacer algo que, por otro lado, es totalmente absurdo, que no soy un vejete, caramba.

    El templo de Luxor, como la mayoría de los templos y monumentos egipcios, estuvo largo tiempo sepultado por la arena del desierto. De hecho, hay construida una mezquita en el lugar cuya puerta se encuentra unos seis metros por encima de nuestras cabezas, y no es que lo hiciesen para que nadie pudiese entrar, sino que en la época en que se construyó, el suelo estaba a esa altura. El templo es magnífico, con sus obeliscos, sus estatuas, sus relieves...de verdad que salgo fascinado. En el tiempo libre antes de volver con Ashraf, aprovechamos para tomar un millón de fotos. Creo que nuestro nuevos amigos, Rafa y Carmen, van a terminar un tanto cansados de tanta foto.

    En el coche nos acercamos al templo de Karnak, un enorme complejo sagrado situado un par de kilómetros río abajo del templo de Luxor. Entre las muchas cosas interesantes que tiene el templo, destaca la sala hipostólita, sembrada con 134 gigantescas columnas decoradas con relieves. Para levantar las columnas, los antiguos egipcios colocaban en el suelo la base, y posteriormente llenaban todo de arena, con el fin de no tener que levantar las enormes piedras, que eran arrastradas hasta su posición en la columna, y de nuevo cubiertas por arena. Una vez terminadas las columnas y los techos, se eliminaba toda la arena, y según se iba vaciando la sala, se iban añadiendo la decoración de las columnas. Vaya trabajo.

    Volvemos al barco a la hora de comer. Las visitas ya han terminado. Hoy no vamos a hacer nada más. Después de comer algunos aprovechan para echarse una siesta. Yo subo a cubierta, mientras navegamos me gusta ver ambas orillas del Nilo, con sus huertecitos en los que hay alguien trabajando, algunos niños jugando en el agua del río, y pocos metros después el desierto más absoluto. Según venía en el avión, desde la altura de divisaban tremendos barrancos y algo que me sorprendió mucho, era como el lecho de un río enorme pero vacío, como si se estuviese construyendo una gran autopista en la que se debe vaciar y allanar el terreno, pero simplemente era una obra de la naturaleza, realizada, muy probablemente millones de años atrás, cuando esta zona, en lugar de ser un desierto era todo lo contrario.

    Nos acercamos a la esclusa de Esna. Aquí hay un gran movimiento de barcos que se mueven en círculos por el río, supongo que para colocarse en posición para la entrada en la esclusa, un cubículo del tamaño justo para dos barcos que permite salvar el desnivel de unos seis metros, creo, que tiene el Nilo en este lugar. El procedimiento es el siguiente. Entra primero un barco en la esclusa, y justo detrás se coloca otro. Se cierran las compuertas y comienza a llenarse la "bañera" de agua. Cuando los barcos están ya en el nivel superior, se abre una de las compuertas permitiendo que ambos barcos salgan y prosigan su camino río arriba. En seguida, entran otros dos barcos. Se cierra de nuevo la compuerta que se abrió antes y se vacía la "bañera", quedando los barcos ahora en el nivel inferior, y prosiguiendo su camino río abajo. Es una especie de ascensor acuático. El resto del tiempo me lo paso vegentando en las hamacas de la cubierta superior, tomando el sol. La piscina no me llama nada la atención. En realidad es una bañera, y de todas formas, aunque el sol pega, y bien, no hace nada de calor, y se está bastante agusto.

    Después de la cena hay una presentación de la tripulación, en la que conocemos a todo el personal de servicio del barco. Nos sirven un zumo de frutas tropicales aunque no tengo ni idea de cuáles serán. En el barco hay varios grupos de españoles e italianos. Los italianos tienen dos animadoras bastante simpáticas, con las que bailamos en la pista. Cuando nos queremos dar cuenta todos el mundo ha desaparecido. Nosotros nos quedamos un rato más.

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DIA 3.- EDFÚ - KOM OMBO - ASWAN.

    Hoy la hora para levantarnos es más normal: las 7:00. A las 8:00 estamos en camino al templo de Edfú. Como atracción para los viajeros, nos acercan hasta el templo en calesa. En el muelle, donde han atracado todos los barcos, hay un tremendo lío  entre los turistas que buscan su calesa, los gritos de los caleseros y el ruido del trote de los caballos. Poco a poco, según van montando los turistas en sus calesas, el lugar se va quedando más tranquilo. Desde el barco al templo hay una muy pequeña distancia, que si no fuese por el atasco de calesas que se produce, se haría en unos 5 minutos. En cualquier caso, el trayecto no lleva más de 15 minutos. 

    El templo de Edfú está dedicado al dios halcón Horus, hijo de Isis y Osiris. Está también atestado de gente, la de todos los barcos que hemos llegado la noche anterior. Tiene unos fabulosos frescos, algunos de los cuales fueron destrozados por los cristianos coptos, al no ser de su gusto o más bien del de su religión. Los techos de algunas salas están ennegrecidos por los fuegos hechos por los coptos que se refugiaban entre estas piedras. Por aquel entonces, el templo estaba cubierto de arena, y el techo quedaba mucho más cerca del suelo que ahora.

    Hoy tenemos más tiempo libre para poder comprar en las tiendas que hay a la salida del templo. Es costumbre de los cruceros, cuando llegan a este punto, hacer por la noche una fiesta de disfraces, en la que hay que ir vestido de árabe. Eso lo saben todos los vendedores, y saben que a la ida no vas a comprar nada, pero a la vuelta, te vas a parar en las tiendas con total seguridad. Como reclamo, según nos dirigimos al templo, algún vendedor ha regalado un pañuelo de esos que llevan monedas bordadas y que hacen ruido a nuestras chicas, para que al salir vayan directamente a esa tienda. Al salir del templo nos hemos medio separado, y me he quedado con Jose y Patricia, pero según entramos en la zona de tiendas uno de los vendedores me agarra de la mano y me mete en su tienda. Comienza a enseñarme chilabas y a decirme precios, que comienza por 150 libras. Chato, no me voy a gastar eso en una chilaba, así que olvídate, además, en la tienda del barco, que es un sitio caro, la chilaba más cara cuesta 6 euros (40 libras), así que comienza el regateo. Al final, hemos llegado a 50 libras por una chilaba con una especie de túnica y el turbante. Pero resulta que no me gusta disfrazarme y la verdad es que no tengo el más mínimo interés en gastarme un solo céntimo en una chilaba que, a mi entender, no sirve para nada una vez que termine la fiesta, pero como no me gusta disfrazarme, ni tan siquiera me sirve para la fiesta. No obstante, le digo que solo le voy a comprar una de las piezas, para la que acordamos un precio de 20 libras. Me lo pienso. No quiero disfrazarme. Para qué voy a comprar una cosa totalmente inútil. No tengo la más mínima intención de disfrazarme. El vendedor ve que va a perder la venta y comienza a doblar la chilaba y meterla en una bolsa que cuelga de mi mano. Con la otra mano me pide el dinero. Pero es que yo no quiero la chilaba, y no es por el dinero, porque 20 libras son unos 3 euros, que no van a ningún sitio, pero es que si la compro, me la tengo que poner por la noche, y no quiero. Abandono la tienda y busco al resto de mis compañeros, que están todos en la tienda del vendedor que dio el pañuelo a las chicas al ir hacia el templo. Les cuento que pueden conseguir una chilaba por unas 20 libras, y que la de chicos de tres piezas cuesta unas 50. Rafa y Carmen abandonan la tienda. El vendedor se enfada conmigo, lógico, está perdiendo clientes. Pues que baje el precio, que yo también se regatear. Mientras todos están en las tiendas doy un paseo para ver que más venden. Veo una colección de monedas egipcias, en un deplorable estado numismático, por las que piden una auténtica burrada. Cuando les digo lo que estoy dispuesto a pagar me contestan "mañana". Pues mañana, que soy turista, no tonto. Me ofrecen otras mercancías, no chilabas, de las que paso, pero los precios son absurdos por lo elevados, y ya me he cansado de regatear por cosas que ni siquiera tienen un valor para mi. Un truco que utilizan es el de mostrarte algo, diciendo "un euro". Lo miras, sacas el euro del monedero y te dicen "no, un euro por mirar, si lo quieres son 15 euros". Pues ale, ahí te quedas chato, que no me apetece regatear, por mucho que insiste diciendo "cuanto tú". Creo que lo mejor, para que te dejen tranquilo es decir un precio insultantemente bajo. "Mañana", terminan diciendo.

    Vuelvo a la tienda donde aún están regateando mis compañeros. Camen y Rafa ya han comprado sus chilabas por los precios que yo les dije: 50 la chilaba de tres piezas de chico y 20 la de chica. Mientras espero a que terminen de comprar el resto, veo como uno de los vendedores rompe por la mitad un paño. Al cabo de un rato se acerca a mi con una de las mitades, me la pone en la cabeza a modo de turbante y me pide tres euros. "Gracias, amigo", le digo, "eres muy amable por darme gratis este turbante". Se acerca el vendedor que se mosqueó antes conmigo y me quita el turbante de la cabeza "en Egipto nada es gratis" dice enfadado. Vamos, que me pone en la cabeza un trapo que no utilizaría ni para limpiar el polvo de los muebles de mi casa, me quiere engañar pidiéndome tres euros y ¡¡encima se enfada!!. Pues si él no tiene vergüenza, yo menos. 

    Volvemos al barco en la misma calesa. El barco sigue su rumbo, Nilo arriba, hacia el templo de Kom Ombo, donde llegamos después de comer. Este templo, dedicado al dios cocodrilo Sobek, no está tan bien conservado como los otros que hemos visto. El sol pega de lleno. No hace calor, pero me resulta completamente imposible tener los ojos abiertos. No puedo soportar la fortísima luz que emite, ni con las gafas de sol. A un lado del templo hay una pequeña sala en la que dentro de una vitrina hay un par de cocodrilos disecados. Para entrar a verlos hay que esperar una larga fila de gente...al sol.

    El templo se encuentra junto al embarcadero. Allí mismo están también las tiendas. Multitud de chicos de acercan para intentar vendernos, por un euro, unas 10 o 15 pulseras con el escarabajo egipcio, según la oferta que pilles. No compro, pero a todos les doy un bolígrafo y caramelos. Uno de los chicos me lo agradece regalándome uno de los escarabajos. Le digo que no es necesario, pero insiste. Me dio la impresión de que me lo ofrecía de corazón, la primera vez que veo algo así en el mundillo turístico, donde todos van a ver que es lo que pillan. Se lo acepté de muy buen grado.

    Volvemos al barco y seguimos rumbo hacia Aswan, donde terminará nuestro crucero por el Nilo. A la hora de la cena ya la mayoría de los pasajeros están vestidos con sus chilabas y trajes árabes. Uno de los guiris lleva el tocado egipcio, como el que tiene la esfinge de Gizah o la máscara de Tutankhamon, a rayas doradas y azules. Es el único, el resto está está vestido al estilo islámico. Después de la cena todos van a disfrazarse, salvo yo. Nuestras chicas están fantásticas, pero lo cierto es que los chicos, totalmente metidos en su papel, están geniales. Jose ha comprado una chilaba de tres piezas de color negro, con ribetes dorados, y el típico tocado saudí. Parece un auténtico jeque. Ramón y Rafa, quizás tienen unos trajes más sencillos. Con las gafas de sol parecen los guardaespaldas del jeque. Las chicas, el harém.  Yo voy a hacer de camara-man. En el salón yo soy el único que no está disfrazado, pero estoy a gusto, no me siento raro, aunque sea la nota discordante. 

    Las chicas italianas comienzan a animar el espectáculo. Comienzan con unos juegos de grupo en los que Jose y Ramón quedan finalistas. Después, Mónica, Patri, Ana y Mª Carmen participan en un concurso de danza del vientre. Patri queda finalista también. El siguiente juego lo realizamos entre Ana y yo. Consiste en explotar globos. No digo más. En cualquier caso, tanto yo, como el resto del público nos hemos reído hasta la saciedad, y pese a lo que diga, Ana también, y viendo el video que grabamos, ya ni te cuento. Ahora es le toca hacer el mismo juego a una pareja italiana. Nadie quiere. Las animadoras italianas lo intentan, pero ninguno se anima. Finalmente juegan Jose y Mónica, con el mismo resultado en risas que Ana y yo, aunque nosotros lo teníamos más difícil pues fuimos los primero. Tras Jose y Mónica, sería otra vez turno de una pareja de italianos, pero ninguno quiere, por lo que empiezan a jugar los guías. El juego se está quemando. Nada más terminar, todos los italianos se marchan a una. La sala se queda vacía. Sólo nosotros, los guías, las animadoras italianas y algún italiano que se nos une. Dado que sólo nosotros estamos en la pista, comienzan a poner música pachanguera española, la que nos gusta para estas ocasiones: el aserejé, el paquito chocolatero, etc. 

    Nos tenemos que levantar a las 2:30 para ir a visitar Abu Simbel. Sobre las doce y media me marcho a dormir. Al poco aparece Ramón que me confirma que han decidido todos dormir lo que puedan.

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DIA 4.- ASWAN - ABU SIMBEL - ASWAN. 

    A las 2:30, suena el teléfono de nuestra habitación para despertarnos. Bajamos a "desayunar" y después salimos del barco para tomar el minibús que nos va a llevar a Abu Simbel. Es obligatorio hacer el trayecto en convoy, así que nos unimos a los sesenta vehículos, entre autobuses y minibuses turísticos que van a visitar hoy Abu Simbel. Tras una pequeña espera, la policía autoriza la salida. Parece que va un coche de policía delante del supergrupo de buses y otro cerrándolo. No se muy bien el sentido que tiene, ya que la caravana debe tener unos 10 kilómetros de largo, por lo menos, con lo que si pasa algo dudo mucho que alguien se entere. Dentro de la caravana, los autobuses se adelantan unos a otros. No entiendo muy bien el sentido del convoy, pero el gobierno egipcio parece que no permite visitar fuera de este convoy este lugar y otros más. De vez en cuando atravesamos un control policial. Todo el camino nocturno lo hago dormido. A la salida del sol, Jose nos despierta a todos para que veamos la vista. El sol, de color rojo, asoma por entre las curiosas montañas, montículos de arena de forma piramidal. Estamos en el desierto, puro y duro. Aprovechamos para comer al picnic que nos han dado. Como todo menos el huevo duro. Los huevos, cuando viajo, me dan muy mal rollo si no me los como según salen de la cazuela.

    Al llegar al recinto de Abu Simbel, lo primero que hacemos es una parada en los servicios, no muy limpios y además hay que dar una propinilla al que ..... ¿los cuida? no sé, yo creo que está ahí únicamente para cobrar la libra, porque desde luego limpiar, lo que se dice limpiar no debe hacerlo más que una vez al día. El guía nos compra las entradas (55 libras) y nos dirige hacia la entrada al templo de Ramsés II, donde nos da las explicaciones pertinentes sobre el monumento. El otro grupo con el que nos han juntado lleva ya unos 10 días en Egipto. Son gente mayor y, por el acento que tienen deben ser sudamericanos, aunque más bien parecen hispanos acomodados que viven en los Estados Unidos, ya que no tienen un típico acento argentino, o mexicano o venezolano o peruano. Cada vez que el guía pregunta algo, se apresuran a responder como si les fuesen a dar un premio.

    Tras la explicación nos dejan solos para que visitemos a nuestro antojo el lugar, aunque solo nos dejan una hora. El templo de Abu Simbel, fue descubierto en 1813. Como casi todos los monumentos egipcios, se encontraba sepultado bajo la arena de la que solo asomaba una de las cabezas de los colosos que vigilan la entrada. La egiptología comenzó con la campaña de Napoleón en Egipto. Según nos han comentado los guía, Napoleón fue beneficioso para el país, se preocupó por la cultura y el pasado. Los ingleses, sin embargo, lo único que querían era extraer las riquezas que había en Egipto para su propio beneficio. Seguramente bajo las arenas del desierto haya más maravillas escondidas que algún día conoceremos. En los años 60, con la construcción de la gran presa de Aswan, se desmontó piedra a piedra el templo y se trasladó unos 250 metros más arriba para evitar que quedase bajo las aguas del lago artificial llamado Nasser en honor al presidente egipcio que la ideó. La UNESCO, con la colaboración de varios países, entre ellos España, hicieron posible el traslado del templo de Ramsés II y del templo de su mujer Nefertari. Realizamos la visita tranquilamente, pero un tanto apresurados ya que debemos volver pronto al coche para regresar al barco. En un primer momento, cuando estábamos preparando el viaje, dudé en si merecía la pena la excursión hasta este lugar. Había que pagar unos 90 euros adicionales y alguien que estuvo antes en Egipto me lo definió como  "un templo más". Tenía dudas, pero decidí ir, ya que soy yo quien tiene que decidir si el lugar merece la pena o no, y no los comentarios de alguien que haya estado antes, sea quien sea. Acerté con mi decisión. Abu Simbel no es un templo más es una auténtica maravilla. He de decir que es lo que más me ha gustado de todo lo que he visto en el país, y mira que me ha gustado todo lo demás. Es la hora, a regañadientes debemos marcharnos. Nos sienta muy mal, no hemos tenido tiempo suficiente para poder ver a gusto el lugar, pero parece que el convoy sale en breve. Pensábamos todos que ya si no salíamos en ese convoy, hasta muchas horas después no podríamos salir, pero resulta que debe haber un convoy cada hora, lo cual nos enfada un poco por tener que marcharnos tan corriendo del lugar. Ramón ha pillado la maldición de Tutankhamon, o mejor dicho, la de Tutankagón, así que le va a tocar hacer dieta durante casi el resto del viaje. Los demás nos estamos manteniendo a salvo, por el momento.

    Deben ser las ocho o las nueve de la mañana cuando comenzamos el camino de vuelta. Otras cuatro o cinco horas de viaje en bus hasta Aswan. Llegamos justo a la hora de comer. Después, salimos a visitar la cantera de granito rosa, lugar de donde se obtenía el granito para construir los obeliscos que rinden culto a los dioses egipcios. Aquí se visita el obelisco inacabado, un enorme pedrusco con la forma de obelisco, sujeto por uno de sus lados al suelo. Los obeliscos, debían ser perfectos ya que se dedicaban al culto a los dioses. Este obelisco se agrietó según se estaba tallando, por lo que ya no era válido y fue abandonado.

    Tras la visita de la cantera, Ashraf nos lleva a una tienda en la que venden esencias. Uno de los dependientes, habla un poco español y nos da las explicaciones, aunque tiene un tono muy chulo y agresivo. No me gusta el vendedor, y de todas formas, las esencias las venden a unos precios tremendamente elevados. Salvo Rafa y Carmen, que compran unos botecitos pequeños con cuatro esencias, ninguno compramos nada. Después de la tienda, visitamos el mercado de la ciudad, típico mercadillo árabe situado en las callejuelas de la ciudad que está principalmente destinado a turistas. Ashraf nos invita en un bar al zumo de caña de azucar, que cuesta una libra. Tengo gran curiosidad en probarlo. Es algo nuevo que nunca había visto. El resto están muy reticentes, tienen miedo a pillar, como Ramón, la maldición de Tutankagón. Yo soy algo más inconsciente y directamente acepto la invitación. Me bebo un vaso completo. Es un líquido algo espeso, que me recuerda a uno de esos zumos de leche que venden ahora. También es muy dulce, pero el sabor no me parece especialmente agradable, aunque en un sólo vaso, tampoco puedes tener una impresión aceptable. Siguiendo el camino, algunos entran en una gran tienda de recuerdos que hay en la calle principal. Están tardando bastante y Ashraf se sienta en un bar y pide una pipa de agua para fumar mientras espera. Yo me acerco a la tienda a ver si les queda mucho. Están todos hablando con Agmed, un chico que habla perfectamente español ya que ha estudiado filología hispánica y además dice tener una novia española. Tiene un tono de voz tranquilo y en los comentarios que hace sobre los artículos y los precios nos transmite bastante confianza. Pregunto por el precio de alguno de los recuerdos que tiene en la tienda y que me llaman la atención. No son precios elevados. Quedamos con él en que volveríamos al día siguiente y volvemos a cenar al barco.

    Después de la cena subimos a la cubierta del barco con una botella de anís de medio litro que he llevado para el viaje. En principio, mi idea era utilizar la botella para comprar alguna cosa interesante en una especie de trueque. Es algo que hicimos en nuestro viaje a Marruecos tiempo atrás, sin embargo, este no es el mismo tipo de viaje y visto que no voy a poder llevar a cabo esta idea, he decidido que mejor nos la bebemos. Sentados todos en torno a una mesa decidimos jugar a un juego al que Jose y yo jugábamos en nuestro tiempos universitarios, y al que no había vuelto a jugar desde entonces. Como antaño Jose comienza con la explicación del juego que "consiste en beber" con una serie de normas y trucos que facilitan los equívocos. El que se equivoca bebe. Entre carcajadas por el juego, que no por el anís, terminamos el largo día de hoy.

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DIA 5.- ASWAN - EL CAIRO.

    Ashraf nos dice que nuestro avión hacia El Cairo sale por la noche, sobre las 10, por lo que tenemos todo el día para estar por la ciudad. Hemos contratado la visita al poblado nubio, que es lo que nos va a ocupar toda la mañana hasta la hora de comer. Dado que hoy es nuestro último día en el barco, debemos abandonar nuestras habitaciones. Dejamos nuestras maletas en una habitación que nos han dejado para los seis para el día de hoy. También dejamos cosas en la habitación de nuestros compañeros Rafa y Carmen, de los que también nos despedimos hoy. Pero de momento, seguimos juntos. Abandonamos al barco y andamos unos metros hasta el embarcadero donde una faluca nos está esperando. No sopla viento y los chicos que manejan la embarcación se ven obligados a remar hasta que finalmente una barca a motor nos remolca. Damos una vuelta alrededor de la isla Elefantina, situada en mitad del Nilo, y pasamos entre esta isla y la isla Kitchener, que lleva el nombre del antiguo gobernador inglés de Egipto. En la orilla del río llama la atención la cúpula  del edificio cuadrado, tipo fortaleza, que corresponde al mausoleo del Aga Khan, un líder espiritual musulmán que tiene allí su tumba. Ashraf nos cuenta la diferencia entre los musulmanes chiitas y los sumnitas, uno de ellos (lo siento, no recuerdo cual de los dos), creen en Alá y Mahoma como su profeta (por cierto, que según parece, únicamente los españoles llaman Mahoma al profeta, ya que su nombre es Mohamed), sin embargo, el otro grupo, no siguen a Mahoma, sino a Alí, que según nos cuenta Ashraf es un familiar de Mahoma que se inventaron como profeta por algún motivo que él desconoce.

    Un hombre aborda nuestra faluca desde la barca a motor. Es un vendedor que extiende su mercancía en el suelo: animales de madera, collares y abrecartas de hueso de camello, principalmente. Abordamos nosotros ahora la barca a motor que nos dirige a la otra orilla del río donde nos están esperando los camellos en los que mis compañeros van a llegar al poblado nubio. Ramón, debido a su maldición, no hace el viaje en camello, y yo, debido a mi mala experiencia con este animal cuando estuve en Marruecos, he decidido no hacer tampoco el viaje, haciéndolo andando. Ashraf me aconseja que me vaya con él en el barco hasta el poblado nubio, diciendo que el camino es un tanto largo.

    - ¿Qué significa largo? ¿una hora andando? - pregunto con curiosidad.
    - No, unos veinte o treinta minutos- me responde.
    - El camellero ¿va montado en camello o va a pié? - vuelvo a preguntar, ya que si el camellero va andando, el camello no va a ir muy rápido, irá al paso del camellero.
    - Va andando - me confirma

    Pues si va andando, no puede ir muy rápido, y una caminata de quince minutos es lo que hago yo todos los días para ir desde mi casa a la renfe para ir a trabajar, así que tampoco es nada del otro mundo, pienso para mí, así que insisto en que quiero ir andando. Me apetece hacerlo andando, ¡¡caramba!!. Además como soy el camara-man, voy a hacer un reportaje de mis compañeros a camello lo cual no me resultó fácil, ya que el sol pegaba fuerte y aunque los camellos vayan a un paso lento, no paran para que yo tome las fotos, con lo que me encontré todo el rato corriendo de arriba a abajo para tomar las fotos a mis amigos. En el poblado nubio nos meten en el patio de una de las casas donde hay algún otro grupo de turistas. Nos sirven unos refrescos,  nos hacen unos tatuajes de henna y nos hacemos unas fotos con una cría de cocodrilo que tiene la boca cerrada con un coletero. Tras la estancia en esta casa, en la que podemos visitar las diferentes dependencias, nos llevan a la escuela, donde un anciano profesor nos enseña los números y el alfabeto árabe. Cuando alguno se equivoca, nos coloca contra la pared y hace que uno de nosotros castigue a nuestro compañero dándole unos azotes. Ya se sabe, la letra con sangre entra...

    Abandonamos el pueblo nubio de vuelta al barco. Aunque a mis compañeros les ha gustado bastante, mi impresión es que nos han llevado en camello a un bar en el que nos han servido unos refrescos y nos han hecho un tatuaje, con un pequeño espectáculo para turistas en la escuela del pueblo. Lo que es en sí el pueblo no lo hemos visto ya que todo el rato hemos estado en la terraza del "bar", y lo que hay en el camino hasta el "bar" son tiendas. Me hubiese gustado visitar el museo nubio que hay en Aswan, pero nuestro "programa organizado" no nos lo ha permitido.

    Tras la comida, acompaño a Jose a regatear con el vendedor del barco para comprar unos cartuchos en oro, con nombres escritos en jeroglífico, un típico recuerdo que todos los turistas se traen de este país. Agmed nos dijo ayer que él pagaba unos 12 euros por gramo de oro, con lo que Jose, con esta idea, ajusta el precio lo máximo que puede. El vendedor acepta, pero nos pide que no digamos nada al guía, ya que querrá su comisión. Pactamos la ley del silencio. Después volvemos todos a la tienda de Agmed a comprar algún recuerdo y pedir cartuchos en plata. Dado que los precios que me dijo el día anterior me parecieron adecuados, decidí aprovechar para comprar alguna cosa. Sorprendentemente, los precios de lo que me había gustado ya no eran los mismos que había confirmado, se habían duplicado, por lo que decidí no comprar más que un papiro que estaba a un precio similar. El resto de recuerdos los abandoné. Todos vuelven al barco. Jose y yo aprovechamos para dar una vuelta por esta zona de la ciudad. Muchos se acercan a nosotros pidiéndonos que les cambiemos las monedas que tienen de euro por billetes, ya que las monedas no se las aceptan en los bancos. No me quedan ya billetes, así que no puedo hacer el cambio. Llegamos hasta una bonita mezquita que hay al otro lado del mercadillo y aprovechamos para tomar una foto. Volvemos a la tienda a recoger los cartuchos pedidos. De vuelta al barco, todos los vendedores intentan que entremos en su tienda para comprar. No me apetece regatear más, sobre todo por cosas que no quiero para nada. Comenta Jose que qué pasaría si en lugar de regatear a la baja, al precio que nos dijesen dijésemos uno mayor. Buena pregunta. Un niño se acerca a nosotros a vendernos unos señaladores de página para libros. Por un euro nos da diez. Hacemos la prueba, le decimos que le damos dos euros. Un poco sorprendido responde que no, que diez por un euro, que él no es Alí Babá. Buena respuesta, habría que ver si pasa lo mismo con un vendedor mayor.

    La cena en el barco no está incluida esta noche, así que Ashraf nos lleva a un restaurante que se encuentra cerca de la estación de tren de Aswan. La comida no está nada mal. La mesa está llena de platos con salsas. El restaurante no es muy grande y está lleno de turistas. Se ve que es al que llevan los guías a sus grupos de turistas. El precio, aunque no es caro, es muy elevado ya que en Egipto ningún menú cuesta seis euros. Bueno, soy un turista y hago cosas de turista, así que....

    A las diez nos vamos al aeropuerto. Nos despedimos de Rafa y Carmen, que van ahora a hacer el viaje hacia Luxor, pero ya sin ningún tipo de visita. Nos vamos a echar mutuamente de menos. Las tarjetas de embarque nos las dan a voleo. Ninguno de nosotros tenemos la que nos corresponde. En la sala de espera conocemos a algunas de las personas de las que tenemos la tarjeta. El avión sale con una hora de retraso y una vez en El Cairo, lo que sale con una hora de retraso son nuestras maletas. Es increible, una hora esperando nuestras maletas.  Después, en una furgonetilla, nos conducen a nuestro hotel que se encuentra en la zona de pirámides. Durante el camino de ida, el guía que tenemos, que se llama Piso, nos hace unas preguntas y comentarios un tanto extraños. Son las 5 de la mañana, lo mismo es que no estamos muy espabilados. Nos pide que a las 10 estemos en la entrada del hotel para ir a la visita de las Pirámides.

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DIA 6.- EL CAIRO.

     Nuestro hotel es el Movenpick, un hotel de cinco estrellas en el que las habitaciones son bungalows rodeados de jardines. Las habitaciones son amplias, aunque Ana, que tiene más experiencia en hoteles de lujo que el resto (por lo menos que yo), dice que es un tanto antiguo y que no es un 5 estrellas como los europeos. Supongo que tiene razón, aunque a mi, la verdad es que me da exactamente igual. Está bien, y ya está, no necesito más. Como curiosidad, en la mesa donde está la tele hay una flecha que señala la dirección a La Meca, para que los huéspedes musulmanes no tengan dudas a la hora de realizar sus rezos. Cuenta también con una piscina y el salón de entrada es enorme. El desayuno es tipo bufet, lo que tanto a Jose como a mi nos parece fantástico. Ramón sigue con la maldición de Tutankagón así que no puede disfrutar del desayuno como el resto. Vamos un poco retrasados y vemos que Piso a entrado en el hotel buscándonos. A la entrada del hotel nos está esperando un minibús que nos conduce a la pirámides, que ahora, a la luz del día, podemos ver al final de la avenida donde se encuentra nuestro hotel. Antes de entrar en el recinto de las pirámides hacemos una parada para recoger a alguien: es Ashraf, parece que aquí también vamos a tenerle como guía para nuestra visita a las pirámides. 

    El recinto de las pirámides está cerrado y vigilado, para que no entre cualquiera. La emoción nos embarga al encontrarnos a los pies de la pirámide de Keops, la más grande. Directamente comenzamos a tomar fotos, olvidándonos completamente de Ashraf hasta que éste llama nuestra atención. Nos da las explicaciones pertinentes del lugar y luego nos deja un poco (poco) tiempo libre para que nos movamos "a nuestro gusto". Aprovechamos para tomar unas cuantas fotos más de la gran pirámide. Se puede acceder a su interior por unas 100 libras. Según parece hay que reservar antes la entrada, pero no parece que hoy haya problema para entrar, además, estoy seguro que si ofreces al de la puerta las cien libras por todo un grupo, entras sin problema, aunque no hice la prueba, pues tampoco tenía mayor interés ya que íbamos a entrar en la pirámide de Kefren, mucho más económica (20 libras), en unos minutos. Ascendemos la gran pirámide hasta su entrada. Me hubiese gustado subir hasta lo más alto, pero eso es algo que ya hacían los turistas desde el comienzo del turismo y finalmente, con el fin de preservar el monumento, fue prohibido. Me parece correcto.

    Rodeamos la gran pirámide en dirección a la pirámide de Kefren, donde hemos quedado con Ashraf. Compramos las entradas y accedemos al interior de la pirámide por un pasillo estrecho, de unos 50x50 cms, en empinada cuesta hacia abajo. Pese a lo estrecho del pasillo, nos cruzamos con gente en sentido contrario que está terminando su visita. La verdad es que voy un poco sugestionado. Todo el mundo me ha dicho que las pirámides por dentro son claustrofóbicas, hace muchísimo calor, huele a humanidad y se respira fatal. Esto hace que vaya con desconfianza, pero no es para tanto. Es incómodo el primer trayecto por el diminuto pasillo, pero en seguida accedemos a un pasillo donde podemos estar completamente en pie hasta que llegamos a la cámara funeraria, donde se encuentra el sarcófago del faraón. Deshacemos el camino para salir de la pirámide.

    Montamos en el coche que nos acerca a un promontorio desde donde se tiene una visión de familia de las tres pirámides, y donde están los puestos de venta de recuerdos. En el horizonte, a lo lejos, se ve otro grupo de pirámides, que según nos indica Ashraf corresponde al conjunto de Sakara. Tras tomar las fotos pertinentes montamos de nuevo en el coche que nos lleva hasta la Esfinge. Por supuesto, sacamos otros cientos de fotos con la esfinge y las pirámides. Nos llama la atención una pareja de árabes que están visitando también el recinto. El hombre está tomando una foto de la mujer. Lo que más nos choca es que la mujer está vestida totalmente al estilo árabe, es decir, de negro desde la cabeza a los pies, enseñando únicamente los ojos. No se si la mujer estará sonriendo debajo del velo.

    A la entrada al recinto es donde se pueden obtener las entradas para el espectáculo de luz y sonido en las pirámides. Mañana es el día en que se ofrece el espectáculo en español, así que decidimos acercarnos al día siguiente. Hemos quedado con Ashraf en uno de los restaurantes de comida rápida internacionales que hay junto a las pirámides. Tras comer, regresamos a nuestro hotel, donde pasaremos un largo rato en la piscina hasta que caiga un poco más la tarde y se vaya el calor.

    Por la tarde tomamos un taxi a la entrada del hotel. Claro, al preguntar en el hotel por cómo ir al centro nos querían colocar una limusina. Acordamos un precio con el taxista de 30 libras por ir a la zona del bazar de Khan el Khalili. La vuelta es grande, ya que en ningún momento pasamos por el centro, sino que vamos por las carreteras de circunvalación. La ciudad de El Cairo nos parece que está sin terminar: las calles sin asfaltar y los edificios a medio terminar. Lo de los edificios, según nos explicó Ashraf es porque las plantas se levantan según las necesidades de la familia que habita, es decir, en el primer piso viven los padres y sus hijos. Cuando estos crecen, si son varones, levantan un nuevo piso, donde viven con su mujer e hijos. En muchísimos edificios del país se puede ver al aire, en el último piso, los pilares del edificio y los hierros de sujección. Las mujeres, cuando se casan se van a vivir con el marido.

    Llegamos a la zona del gran bazar. El tráfico es tremendamente denso y el taxista nos deja a unos 200 metros de la entrada al bazar. Las calles del bazar están atestadas de gente. Estamos buscando una tienda concreta que han recomendado a Mónica antes de salir de España. En esta tienda los precios son económicos y no hay que regatear ya que todo tiene su precio indicado. Si te parece bien lo compras y si no, te marchas y punto. Después de un buen rato deambulando por las callejas del bazar, no somos capaces de encontrar la tienda. Mientras abandonamos el lugar, un taxista nos ofrece sus servicios. Aprovechamos para preguntarle por la tienda. El taxista se acerca a un policía, el cual nos escolta hasta la misma entrada de la tienda, a la que se accede por un patio en el interior de una casa, que hubiese sido imposible de encontrar por nuestra cuenta.  Efectivamente, tal y como nos había comentado Mónica, allí los precios son tremendamente económicos. Ahora vemos que durante todo el viaje hemos estado pagando de más por los regalos que hemos ido comprando. Por ejemplo, los papiros tamaño 40x30 vienen a costar un euro, así como los ceniceros. Las jarras euro y medio, y las pipas de agua bien hermosas y que funcionan (las pruebo antes ya que muchas veces te dan gato por liebre, sobre todo en Marruecos) cuestan, según el tamaño, unos 10 euros. 

    Hemos pasado casi toda la tarde en la tienda, comprando recuerdos para la familia y los amigos. Tras abandonar la tienda, ¡¡por fin!!, muestro a mis compañeros un café que hay al final de la calle, y que he descubierto gracias a uno de los chicos de la tienda que me ha llevado allí cuando pregunté por un servició. Había un servicio en el patio de la tienda, pero por lo que pude ver según pasaba de camino al café, era peor que el servicio de la película Transpoting. Nos acomodamos en el café y pedimos algo para beber. El camarero nos dice que tenemos que pedir un mínimo de 50 libras por persona. Aprovechamos para cenar algo pidiendo algunos platos rápidos de estilo árabe.

    Después nos acercamos a la carretera de entrada al bazar para buscar un taxi. El tráfico es intenso y pasan muchos taxis, pero todos son pequeños. Estamos esperando a ver si pasa un taxi de 7 personas. Finalmente aparece. Acordamos un precio de 30 libras para volver al hotel, pero justo cuando estamos montando en el taxi, el taxista nos dice que tienen que ser 50 libras. Con estas, sacamos nuestros bártulos y salimos del taxi. ¡¡De acuerdo, de acuerdo!!, nos dice el taxista. Volvemos a montar en el taxi, que se pone en marcha. Nos pregunta de nuevo dónde vamos, y cuando le decimos que a pirámides, comienza otra vez su teatro, diciendo que pensaba que íbamos al aeropuerto, y que por 30 libras sale perdiendo en la carrera, etc, así que le digo que si no le convienen las 30 libras que pare en el lugar que estamos y que ya encontraremos otro taxi que nos lleve. El taxista sigue con su teatrillo, y yo insisto en que si no le viene bien, que pare y nos deje allí mismo. Finalmente, deja el teatrillo y nos lleva hasta el hotel. Desde luego, por esta carrera, a un egipcio no le va a cobrar ni la tercera parte, así que por mucho que le estrujemos sale ganando.

    La conducción por El Cairo es caótica. Cada coche pasa de un carril a otro cuando mejor le parece, y no solo los coches, sino también peatones, ciclistas y carros. No se usan los intermitentes, que deben haber sido sustituidos por hacer sonar el claxon para hacer saber que estás por allí. El trayecto es estresante, pero divertido, entre los pitidos de nuestro coche y del resto de coches, y los continuos cambios de carril de nuestro coche y del resto, que en ocasiones pasan a escasos milímetros de nosotros. También estamos a punto de atropellar a un ciclista que ha cruzado la carretera en perpendicular a nuestra marcha. ¡¡Qué susto!!. Llegamos finalmente sanos y salvos a nuestro hotel. El taxista intenta que le de una propinilla. Si no hubieses sido tan marrullero, a lo mejor le habría caído algo (bueno, en realidad no), pero con tanto teatro, ni hablar, no ha lugar a dudas. Le doy las 30 libras acordadas y le digo que un trato es un trato. Para que no insista mucho, le hemos pedido el teléfono, diciéndole que si mañana necesitamos un taxi le llamaremos a él. Es una forma de quedar más o menos bien.

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DIA 7.- EL CAIRO.

    Hoy es nuestro día libre en El Cairo, enorme ciudad con unos 15 millones de habitantes. Después de desayunar en el bufet del hotel salimos a buscar un taxi. Vamos a visitar el museo Egipcio, que está en el centro y acordamos un precio con el taxista de 30 libras. Me empieza a cansar tener que regatear para todo. Que usen el taxímetro, que para eso lo tienen. Como el día antes, para que el taxista nos deje tranquilos le pedimos su teléfono y le decimos que ya le llamaremos si le necesitamos. De camino a la entrada al museo se nos acerca un señor que nos dice ser jardinero del museo. Nos cuenta que el museo está cerrado ahora y que mientras podemos ir a ver una tienda de papiros. ¡¡¡Caramba!!!, justo lo mismo sobre lo que previene la guía de viajes que suele suceder. Prevenidos como estamos, declinamos su amable invitación. 

    Por supuesto que el museo está abierto. Después de pagar la entrada (40 libras) comenzamos nuestra visita. A la entrada nos encontramos con Ashraf, que va de guía de dos turistas argentinas. Después de los saludos y buenos deseos, comenzamos a deambular por el museo, aunque nuestra meta es ver el tesoro de Tutankamon, que se encuentra en la primera planta, al lado contrario de donde hemos entrado. Hay tantas cosas que ver en el museo que terminamos perdiéndonos: Jose con Patri, Ramón con Ana y Mónica conmigo. Después, nos volveremos a encontrar todos en la sala dedicada al joven faraón. Cuando nos dirigimos hacia la salida Ana y yo nos entretenemos en un par de vitrinas y volvemos a perdernos del resto. Damos un par de vueltas a ver si los encontramos, pero no hay suerte. Esperamos un rato a la entrada, pero siguen sin aparecer. Para mi que deben estar ya fuera, pero Ana insiste en echar un último vistazo. Finalmente salimos y, efectívamente, allí están los cuatro esperándonos. Hemos perdido mucho tiempo con esto. Vamos rápido a comer en un restaurante de comida rápida y después paramos un taxi para ir a la ciudadela. No estoy muy convencido con el taxi. Es un coche pequeño y somos seis más el conductor, pero bueno, con un poco de buena voluntad, y dado que somos todos tan amigos, Ramón y yo nos acoplamos en el asiento del copiloto y el resto en el asiento de atrás. De camino a la ciudadela, pasamos por el barrio de los muertos, un cementerio que ha sido habitado también por los vivos. 

    Entramos en la Ciudadela en los últimos quince minutos y vamos corriendo a ver la mezquita de alabastro. El guardia de la entrada nos dice que no podemos entrar, pero le digo que ni hablar que aún quedan quince minutos. Es muy breve nuestra estancia en la mezquita, pero la hemos visto bien. Una vez fuera, los guardias nos van indicando que abandonemos el lugar. Salimos tranquilamente de la ciudadela dirección al gran bazar, que según el plano parece que está relativamente cerca, pero después de un rato andando, nos damos cuenta que la distancia es mucho mayor de la que pensábamos. Paramos de nuevo un taxi pequeño. Si es que este viaje ha aumentado el cariño que nos teníamos todos y ha estrechado aún más los lazos que nos unen.

    Damos un pequeño paseo por las calles del bazar y volvemos a la tiende de ayer a comprar los últimos regalos. Nos hacemos amigos del dueño, que nos invita en el café en el que estuvimos ayer cenando. Para el no hay consumición mínima. Decidimos volver al hotel. Nuestra intención es ir a ver el espectáculo de luces y sonido en las pirámides. Tomamos un taxi de los grandes y nos ponemos rumbo a nuestro hotel. O eso es lo que pensábamos pues el camino se nos está haciendo demasiado largo. Pasamos por diversas calles del centro, atestadas de gente y coches, y seguimos dando vueltas por la ciudad. Nuestro taxista se ha perdido. No habla nada de inglés, ni francés, ni español, ni otra cosa que no sea árabe. Debe ser nuevo en la zona. Lo mismo hasta somos sus primeros clientes, porque cualquier taxista que se mueva con turistas sabe donde están las pirámides y los hoteles donde se alojan los turistas. Después de un buen rato, comienza a preguntar a otros taxistas. Algunos le indican, incluso los pasajeros, otros hacen como que no le oyen. Llama la atención de un policía para pedirle ayuda, pero el policía le mira sorprendido con una expresión en la cara como de decir: ¿me estás pidiendo ayuda a mi? ¿pero tu estás tonto?. Nos para delante de los hoteles más céntricos, pero, claro, no son nuestro hotel, por lo que tenemos que seguir adelante. Finalmente, tras varias preguntas a otros taxistas llegamos a nuestro hotel. 

    A las chicas les ha dado pena y me dicen que debo dejarle propina. No estoy de acuerdo, pero bueno, de todas formas mi opinión nunca ha contado para nada. Yo siempre estoy equivocado. Le pago primero las 30 libras convenidas. Me hace un gesto que no se muy bien que puede significar, aunque la impresión es de que no quiere cobrar. Un trato es un trato, y las 30 libras te las tengo que pagar. Has tardado más de la cuenta, pero me has traído al hotel, así que te yo tengo que pagarte. La propina no me hace gracia, pero se la doy igual. Vuelve a hacer el mismo gesto que interpreto como de que se siente mal por haberse perdido y no quiere cobrar la carrera. Bueno, si es así, por lo menos es una persona que admite sus errores. Aunque no me guste dar propina a quien únicamente hace su trabajo (en este caso levarnos a nuestro hotel), por lo menos se la he dado a una persona que parece honrada.

    Salimos al poco del hotel para cenar. El espectáculo de las pirámides ya no es posible verlo pues se ha hecho bastante tarde. Paramos un taxi chiquitín a la salida del hotel. Acordamos un precio de unas 5 libras ya que vamos a un restaurante que está justo a la entrada de la avenida en la que está nuestro hotel, y que nos había recomendado nuestra amiga de la agencia. Antes de comenzar la ruta, uno de los policías turísticos pide la documentación a nuestro taxista. Es la primera vez que nos da la impresión de que la policía está allí para algo más que para figurar. El restaurante se encuentra justo en las pirámides, que están iluminadas. Somos los únicos que hay en el lugar y nos dan la mejor mesa, en la terraza, con una fantástica vista de las tres maravillas, sin embargo, al cabo de un rato notamos todos frío y pedimos que nos cambien a un sitio dentro, lo cual hacen sin ningún problema. Además, algunos de los platos que nos habían servido nos los vuelven a servir de nuevo.

    Otro taxi pequeño nos deja a la puerta del hotel. 

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DIA 8.- EL CAIRO - MADRID.

    Piso, nuestro guía, nos llamó por teléfono a la habitación la noche anterior. Nos confirmó que debíamos abandonar el hotel a mediodía. Insistió mucho en que saliésemos a esa hora. También nos confirmó la hora "definitiva" del vuelo, sobre las seis de la tarde. En un principio debíamos haber salido de El Cairo a las seis de la mañana, pero finalmente nos cambiaron esa intempestiva hora que no nos hubiese permitido dormir nada para salir por la tarde. 

    No vamos a hacer nada. Nos levantamos bastante tarde y según estamos preparando las maletas son ya las 12, por lo que decido acercarme a la recepción para avisar de nuestra salida, aunque aún tardaremos un rato en dejar la habitación. En la recepción lo único que me piden es que pague la cuenta de algunas cosillas que hemos consumido en el bar del hotel. Tras terminar de empaquetar dejamos nuestro bártulos en un corralillo que tiene el hotel que para nada da la impresión de ser un sitio seguro. Hasta la hora de comer dejamos correr el tiempo sentados a la sombra. Hemos visto que en el hotel dan masajes a buen precio, pero es solo por las tardes, así que tendremos que matar el tiempo de alguna otra manera. A la dos decidimos ir a comer. En la puerta está el taxista de ayer que nos pregunta que por qué no le llamamos. No contestamos. Acordamos un precio para ir a comer cerca de donde estamos, unos tres euros, que a mi parecer es demasiado, pero bueno. De vuelta en el hotel esperamos en el hall de entrada la llegada de Piso.

    Al aeropuerto tardamos aproximadamente una hora en llegar. Después de pasar los controles y facturar, entramos en la zona de embarque. Es curioso un aeropuerto árabe con destinos árabes. Todo el mundo, salvo los turistas van vestidos de árabes, con sus chilabas, sus turbantes, sus barbas y los rostros cubiertos de las mujeres con velos y burkas. Alguno, que decimos debe ser un jeque va con su mujer, un mozo que le lleva el maletín y un par de guardaespaldas. Me resulta muy curioso.

    El avión llega con bastante retraso. Cuando por fin parece que vamos a embarcar, resulta que debemos seguir esperando. Finalmente conseguimos salir. Parece que había huelga de controladores aéreos en el aeropuerto. No se si creerme que los egipcios dispongan del derecho a la huelga. Tras cuatro horas de vuelo llegamos a Madrid.

    Egipto me ha gustado mucho más de lo que esperaba. De Egipto he visto siempre millones de fotos y documentales, por eso no pensaba que me fuese a sorprender y sí lo ha hecho. El arte egipcio me ha cautivado. No obstante, existen dos egiptos, el de hace 3000 años, que es el que te enseñan y el actual, el Egipto islámico, de que no se puede tener una visión adecuada ya que en un viaje organizado no tienes muchas posibilidades conocer otra cosa que el Egipto de los faraones. Me hubiese gustado hacer el viaje por mi cuenta, alquilando un coche, pero creo que esta no es un buena opción en Egipto, ya que el gobierno no permite demasiados movimientos dentro del país, lo cual constatamos por los numerosos controles policiales que hay en las carreteras, en parte obligado por la situación actual del mundo. Esperemos que esto cambie algún día.

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